El payaso es como el torero

No ha hecho otra cosa en la vida que esto. O mejor, nada que haya valido valido la pena, porque como ser, sí fue muchas cosas, carterista, de esos que antaño llamaban “dos de bastos”. Despachador en una pulquería y palero en la estafa popular conocida como “la bolita”. Una vez se vistió de Sacerdote y  se fue a bendecir camiones en los paraderos que están afuera de las terminales del metro. Le duró poco el gusto. No faltó el pasajero que lo reconoció y le echó a la policía. Estuvo algunos meses en la cárcel, por esta razón. Allí aprendió algunos trucos de magia que un viejo mago le enseñó en los largos tiempo de ocio que se pueden tener en las prisiones. Mientras otros presos se dedicaban a extorsionar, a drogarse o a hacer ejercicio, él se ocupaba practicando los trucos. Pronto aprendió a desaparecer y aparecer monedas, a adivinar la carta elegida, a hacer “volar” una credencial a la vista de todos. Un día antes de que saliera libre dio una presentación ante sus compañeros presos. El viejo mago, que había sido su maestro, se sintió orgulloso de su alumno. Como  reconocimiento recibió del viejo mago una tarjeta de una agencia de espectáculos. Llama, ellos te darán trabajo. Le dijo el viejo.

II

Las oficinas de la agencia de espectáculos quedaban en el centro. Muy cerca de metro Allende. En sus paredes habían cuadros de payasos, magos, malabaristas, trapecistas. Todos sonrientes. Fue invitado a pasar. Le dijeron que esperara, que en un momento sería atendido. A su lado esperaban también dos muchachos que intentaban arreglar un muñeco de ventriloquía. Los teléfonos sonaban de forma insistente, las dos secretarias no se daban abasto en atender las llamadas.

De una oficina privada salió un hombre alto, cabello chino.

-Pase, le dijo éste hombre. ¿Qué experiencia tienes? le pregunto al incipiente mago.

-Pues he actuado solo una vez, en la cárcel. El hombre escuchó serio. ¿Solo haces magia? le preguntó.

-Sí. Respondió él. Solo magia y no tengo muchos trucos, ninguno grande. Si gusta, puedo hacer una demostración.

-No. No hace falta. Yo necesito payasos, magos tengo muchos.

-Necesito trabajar.

-Me imagino que sí, pero yo necesito payasos, si quieres vente de ayudante de uno y que te vaya enseñando.

-Se lo agradezco, pero es que no sé si yo sirva para payaso. Soy muy serio.

-Los buenos payasos lo son. Por eso se caracterizan. Dijo el hombre mientras con su mano señalaba el escritorio en el que habían muchas fotos de payasos.

-Si usted me da la oportunidad, puedo aprender. Gracias.

Así comenzó su carrera de más de 30 años como payaso.

III

Fue aplanando la base con la esponja, poco a poco, luego colocó el blanco en los labios y difuminó el rojo. Colocó talco para que el maquillaje se mantuviera firme. El calor de abril requiere una porción extra de talco. Se puso la peluca, se ajustó los zapatotes y por último coronó todo el atuendo con su nariz de látex. Repaso su rutina de manera mental, revisó uno a uno los trucos que esperaban en su maleta. Se encaminó a la dirección en la que daría su show.

Era un fraccionamiento de clase media de la zona conurbada de la ciudad. Casas prácticamente iguales. Ya estando a escasos metros de la fiesta, empezó a escuchar la música. Los niños que jugaban en el brincolín lo saludaron. “Ya llegó el payaso”. Dijeron unos y se metieron a la casa corrriendo. El payaso no tuvo que  preguntar por el cliente, un tipo de unos 30 años salió y se le quedó mirando. La forma despectiva en que lo vio, presagiaba algo malo.

-Buenas tardes. Dijo el payaso.

El hombre no respondió.

-Soy el payaso que cubrirá su evento. Dijo el payaso.

-Usted no va a trabajar en mi fiesta. Contestó secamente el hombre.

-¿Por qué?

-Porque es usted un viejo.

-Pero es que no me ha visto trabajar, si no le gusta mi show, no me paga. Pero déjeme trabajar, por favor.

-No, le pido que se retire.

-Sus niños se van a quedar sin ver el show.

-Le dije que se retire o llamo a la policía.

-Está bien. Dijo el payaso y tomó sus cosas.

Los niños miraron tristes al payaso. Unos le preguntaron por qué se iba. Él no supo qué responder. Mientras caminaba, pensó en todos esos rostros a los que había hecho reír a lo largo de estos años. ¿Cuántos en más de 30 años? Ahora era un “viejo”. Quizá eso era cierto. Él mismo ya se sentía cansado. Ya no tenía la misma agilidad ni reflejos. Ahora se tenía que valer de un micrófono y una bocina, porque su voz ya no tenía la potencia de antes. Su show era más de mago que de payaso porque la magia no le requería tanto esfuerzo físico. Él no tenía problema con ser un viejo. El problema es que cuando se es viejo se tiene que dejar de ser payaso, porque la gente solo quiere payasos jóvenes. Pero no es fácil dejar de ser aquello que se ha sido por más de 30 años. El payaso es como el torero. Pensó mientras guardaba su nariz, roja e impecable en la bolsita de terciopelo. Mientras se quitaba el maquillaje y el vestuario.

Dejar de ser payaso… para ser qué. Se preguntaba una y otra vez mientras miraba los trucos, los accesorios y los regalos que hoy no le fueron permitidos emplear. Qué más se puede ser a esta edad. Qué otra cosa después de haber sido la mejor de todas: payaso. Generador de sonrisas. Nada hay más democrático ni liberador que reír. Yo no quiero ser otra cosa más que esto. Yo soy payaso.

 

De un pequeño cajón tomó un rosario, lo acercó a su pecho y en voz baja comenzó a decir:
El payaso es como el torero, el payaso es como el torero, el payaso es como el torero…

 

 

Esta y otras historias más en:

https://www.novelistik.com/books/bitacora-alejandrina

Un escritor llamado Juan Rulfo

En lo personal considero que es positivo que a Juan Rulfo no le haya sucedido lo mismo que a Cervantes con el Quijote, que todo mundo lo cite -así sea con frases o refranes que no aparecen en las dos partes del Ingenioso Hidalgo- pero que pocos lo hayan leído. A Rulfo lo citan los que lo han léido -y mucho-, los demás no se meten con él, lo dejan tranquilo, cosa que por cierto, le agradaba bastante. Rulfo era un tipo solitario y melancólico, por eso me caé tan bien. Al igual que José Emilio Pacheco, no le gustaba ser de esos intelectuales pastozos, no andaba intentando apantallar a nadie. Escribió lo que quiso, cuando así lo deseó, cuando dejó de parecerle satisfactorio, lo dejó. Ojalá muchos de los “consagrados” hubieran seguido su ejemplo. Poco a veces es excelente, como en el caso de Rulfo o Borges, que no necesitaba 750 cuartillas para mostrarnos su grandeza literaria.

Rulfo es de los escritores mexicanos, el más entrañable para mí, después están el poeta Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Jaime Sabines, Jose Emilio Pacheco. El primer contacto con la obra -impresa- de Rulfo que tuve fue que yo recuerde cuando tenía unos trece años. Recuerdo que caminaba por los puestos de un tianguis al que iba todos los domigos a comprar discos de rock. En uno de esos puestos estaba allí, tirado el libro de Rulfo que presumía en el título sus dos majestuosas obras:

Pedro Páramo

El llano en llamas

 

Pregunté cuánto valía, ya no recuerdo cuánto, pero no fue mucho. Pagué y tomé el libro. Era una edición fea, de Editorial Planeta, que yo recuerde. Fea porque el formato del libro era un tanto anormal, es decir más ancha que alta, portada mal impresa y las letras estaban algo borrosas. Pero no importaba eso, yo me sentía contento porque por fin iba a poder leer la historia de Pedró Páramo que mi papá me había contado. No esperé a llegar a casa para leerlo, lo abrí y fui degustando cada palabra, cada línea mientras caminaba por el tianguis. ¿Cómo puede una persona escribir así?

Ya había leído yo algunas cosas de García Márquez por esos días. La mala hora, Los funerales de la mamá grande, La hojarasca. Pero esto era distinto, no había comparación. Nadie relata la soledad, la tristeza con tanta viveza, como Juan Rulfo. Rulfo tuvo el talento para darle vida a los muertos. Con los años descubriría yo la escritura del gran Reinaldo Arenas quien en su Celestino antes del alba me regocijó el corazón. Solo Reinaldo Arenas podría haberse “tuteado” literalmente hablando, con Rulfo.

La ventaja de Rulfo, como dije, es que no es tan citado, lo que ayuda a que no se distorsione su obra ni legado.

Mi año entre libros

Otros años o mejor dicho, todos los años anteriores a este 2016 no llevaba la cuenta de forma rigurosa de los libros que leía. Mi conteo era “al tanteo”, así que bien a bien no sabía cuántos había leído al final del año. Ahora lo quise hacer distinto, sobre todo para tener más precisión en los temas y títulos.

Así que este año use la app Goodreads y establecí mi desafío de lectura en 75 libos para este año. Debo decir que para el momento en que esribo estas líneas, solo me faltan dos libros para completar el número. Nada mal, lo digo sin falsa modestia, de esa que gustan de usar los que se la dan de humides por el mundo, pero si vieran pasarla por la calle ni la reconocerían.

En este año he leído desde sociología hasta teología, pasando por novelas, cuentos, economía política, marxismo, etc. He leído sentado, parado, apretujado en el metro, cómodamente sentado en un autobús y hasta caminando. He recorrido librerías muy bonitas, librerías evangélicas, católicas, judías; he corrido bajo la lluvia con una decena de libros recién adquiridos. Nada, que mi año con los libros, como siempre, ha sido increible.

Ahora me enfrento a un problema que tiene solución, pero la transición no está siendo fácil, por la costumbre. Me explico.

La compra de más libros se está volviendo una situación crítica, no por cuestión económica sino por cuestión de espacio. ¿Dónde meter más? ¿Qué hacer? -Lenin dixit-

Pues la solución es dejar de comprar libros físicos y valerse de la tecnología. Hacer uso de algo llamado Google Play Books y un tablet.

Pero esto pega justo en la cuestión sentimental: un libro impreso es más entrañable. Vas a la librería, lo buscas, lo compras, y si no lo encuentras, lo buscas hasta hallarlo. Te lo llevas y no se despega de tí en días. Cuando lo acabas de leer, le buscas el sitio de honor que se merece.

Es cierto, en el dispositivo puedes llevar miles de libros, pero hace falta algo. Quizá es olo cuestión de irse acostumbrando a lo inevitable.

Como sea un año se despide y otro le suple, así que hay que planear el desafío del año venidero. No serán 75 o 76 libros para el 2017. Serán de 45 a 50. La razón es que me quiero centrar a leer obras que he dejado en espera por su extensión -algunas rondan las 1500 páginas-. Además de que estaré muy enfocado a la teología. 2017 será un año muy intenso en mi formación teologal.

Pues eso.

Sobreviviendo a los tiempos de Jordi Rosado, Justin Bieber y Ricky Martin

En estos días he estado contemplando muy seriamente la posibilidad de hacer mis compras de libros vi Internet. Cosa a la que me rehusaba porque uno de los mayores gustos que tengo en esta vida es precisamente ir a la librería, tocar los libros y hacer cálculos mentales para saber cuál tiene importancia mayor y comprarlo. Pero como dije, esto aun que me duela, quizá deba cambiar. Me explico.

 

Sucede que cada vez es más difícil encontrar empleados competentes, que sepan de los autores de los que les hablas. Les mencionas cierto autor, Alejo Carpentier y te miran como si los hubieras insultado. Ni qué decir cuando pregunté por José Lezama Lima, autor de la obra cumbre de la literatura en lengua hispana, después del Quijote. Que quede claro que no fue a un empleado de Walmart o Superama sino a un empleado de Librerías Gandhi. Vamos, por lo menos hubiera buscado en la Wikipedia y se hubiera ahorrado la vergüenza. Ah, pero eso sí, entraron dos chicas y le preguntaron por el libro que escribió Justin Bieber -já- y en seguida les dio información. No tengo más qué decir.

Así las cosas.