¡Por fin maratonista!

No son los 42 kilómetros y 195 metros los que hacen a un maratonista. Es cierto que ese es el propósito, cubrir esa distancia y emular a Filípides, para así, poder decir con honor: ¡soy maratonista! Son muchos kilómetros más de entrenamientos, horas de preparar la mente que es quien se encargará de la última parte del trayecto, el más crítico. También hay que acostumbrar al cuerpo al cansancio, al dolor muscular. Elegir la ropa y el calzado se vuelve un asunto de cuidado extremo o de otra forma la pasaremos mal. Pero más importante que todo, dos cosas: la fe y el corazón. No es un asunto de religión, pero sí de fe, requeriremos de mucha para afrontar esta distancia, para no claudicar, para no ser presas del temor y abandonar los entrenamientos, para no ausentarnos del gran día, para concluir la maratón. El corazón en cambio es ese hogar pequeño pero cálido e íntimo donde se aloja el amor de los tuyos. De mi corazón puedo decir gustoso que siempre estuvo lleno. Nunca en estos meses de preparación me sentí solo. Fue una preparación feliz porque en todo momento tuve el cariño de mi familia. Ver sus rostros quemados por el sol, pero sonrientes y llegar a la meta acompañado por mi hermano, es de las cosas más grandes que he vivido.

El trayecto es una fiesta de 42 kilómetros y 195 metros. El apoyo de los voluntarios y de la gente que te comparte desde una sonrisa, una naranja, un pretzel o un choque de mano, saca las lágrimas hasta al más duro. A todos esos miles des desconocidos que nunca más verás los recordarás por siempre.

En otro texto pienso contar mi experiencia completa durante el trayecto, hoy solo quiero agradecer a Dios, a mi familia y a toda esa gente que demostró que este país es más grande que todas las cosas malas que se dicen de el.

Con mucho cariño para toda mi familia, en especial para mi hermano José Arrieta que, como toda la vida, hicimos esto juntos. A mi esposa Rosy de Flores porque diste generosa el tiempo para que yo entrenara. A mi mamá porque siempre nos apoyas en todas nuestras locuras, sonriente y tranquila. A mis hijos Rubén, Coco y Sarita, gracias niños, por sus bromas, sonrisas y alegría. A mi Katy por ser esa carita sonriente que se fijó en mi mente durante esos 42 kilómetros.

Y la lluvia

Te calzas las zapatillas de correr, ajustas las agujetas para que no queden ni muy sueltas ni muy rígidas, parece cualquier cosa, pero no lo es y el que practica running lo sabe. Si van muy flojas, la zapatilla tendrá un juego que será incómodo al dar el paso. Si van rígidas, puede ocasionar lesión.

El correr “cualquiera lo hace”, dicen los ignorantes, pero hacerlo bien, lleva tiempo y hay corredores que nunca aprenden a hacerlo bien, y no hablamos unicamente de corredores amateurs, hay corredores profesionales que no desarrollan la correcta forma de correr.

Tampoco es lo que nos hacen creer las grandes marcas comerciales y las revistas dedicadas al running. El correr es bastante simple, pero no en la técnica, sino en la indumentaria. NO necesitamos las zapatillas de alta tecnología y éstas, propiamente no hacen ganar a nadie una carrera. Le dan comodidad, eso sí, pero nada más. Tampoco requerimos el avanzado monitor de actividad física, ni el súper hidratante. Pero es válido hacerlo con estos accesorios.

Digo todo esto como una reflexión a partir de la sensación que tuve mientras salía a correr el día de hoy, mañana de sábado. Estoy iniciando mi preparación para el Maratón de la Ciudad de México. Pero lo estoy llevando de una manera distinta. Con música, claro, pero también escuchandoa mi cuerpo. Con calzado semi minimalista, sin las plantillas acolchonadas. El reto es refinar la técnica de pisada. Dejar lo menos posible el metatarso en el piso. Ahora voy ligero, con lo justo, sin tanto accesorio.

La mañana estaba algo fría y las calles tranquilas. Gente apresurada, esperando el transporte. Vendedores ya dispuestos con su mercancía. Unos 400 metros de trote ligero y de allí a apretar la velocidad. Hay que imponerle disciplina a la capacidad pulmonar.

Y la lluvia, por supuesto, porque es junio.

Hablemos de correr

79. Ese es el número que marca el reloj digital que indica los días que faltan para el Maratón de la Ciudad de México. Es el mismo número en el que nací, 79 del siglo pasado. No creó en la numerología, pero se me hace curiosa la coincidencia, porque es justo en este día que he quedado inscrito al evento deportivo del año, de mi año, para ser más precisos. Llevo algunas semanas sin salir a correr. Salvo algunas carreras como la de Volaris o la de la Gran Fuerza de México, no he corrido alguna otra en lo que va del año, que ya es la mitad. De 2014 para acá, que es cuando decidí salir a correr, este año es el que menos he entrenado. Mejor dicho, este año no he entrenado. Las dos carreras que ya mencioné, las hice así, confiando en lo mucho que camino. Dejé de correr por una molestia que traigo desde el año pasado en la rodilla y que me hizo sufrir mucho en el medio maratón del ejército del año pasado. Pero eso es historia pasada.

Me quedan 79 días para entrenarme. Son pocos, según los programas de entrenamiento recomendados por destacados entrenadores. Ellos recomiendan por lo menos 4 meses. Yo tengo poco menos de dos para correrlo. Pero yo nunca he seguido los métodos de estos entrenadores. Corro libre, mi inspiración son los rarámuris, los “nacidos para correr”. Así que 79 días son muchos para salir y correr.

Haré lo que Travis en Taxi Driver: dejaré esta vida sedentaria, castigaré a mi cuerpo con entrenamiento.

Para llegar a esos 42k, antes hay que recorrer muchísimos más.

Pues eso.

Enero

El primer mes del año nos recibe con lo más crudo del invierno. Es cierto que no se compara el frío que se siente por estos lares con las temperaturas de, Rusia, por ejemplo, pero de que las padecemos, eso seguro.

Una cosa para la que no he hallado explicación es por qué ya no es tan fácil encontrar ponche en los negocios y puestos de comidad. En diciembre lo hayas donde sea, pero nada más llega enero y nada. Así que hay que paliar el frío de enero con puro café, que no está mal, pero el ponche siempre se agradece.

Ya casi concluye enero y ha sido un buen mes. Lleno de buenas lecturas, buenas películas -gracias Netflix- y buenas conversaciones. Si acaso lo que se convierte en el grano negro en el mes es lo caro que está el dólar. En estos tiempos globalizados no se necesita ser un magnate para preocuparse por la alza de las divisas.

Así que aquí estamos, al inicio del 2016, sanos y dispuestos.

El respeto nunca es anticuado

El respeto, la cortesía, la educación, son cosas que parece, se van perdiendo. No solo en los jóvenes y los niños, también en los adultos. Cosa extraña esta, la de que los adultos le aprendan los hábitos -nocivos- a los que deberían ser enseñados por los primeros -de cosas buenas, claro está- y no al revés. No es casualidad que nuestra sociedad sea cada vez más violenta e insensible. Los ciudadanos dejamos a un lado las nociones elementales de educación y nos tornamos en seres agresivos, mal humorados e irascibles.

No deja de ser irónico, pues vivimos en la era de la información. Nunca antes la humanidad ha tenido tanto conocimiento a su alcance. Literalmente a un simple clic de distancia.

Así nos luce el pelo. Vamos mal.

Las librerías me hacen llorar

Ya antes en otro espacio, me había referido a lo penoso que me parece que las librerías le den un espacio -que literariamente hablando- no merecen todas esas publicaciones enfocadas a la superación personal. Todos esos librejos que prometen dar soluciones a los problemas de la vida diaria, que tienen las claves que necesitamos para hacernos millonarios o ser el más galán a 50 kilómetros a la redonda. Todas esas publicaciones de más que dudosa calidad literaria acaparan el espacio en los estantes, incluso están apilados en el piso. Esto, como es de lógico, resta espacio y vista a libros y escritores de gran calidad. Cada vez es más difícil hallar de obras maestras como Paradiso de José Lezama Lima, por ejemplo.

Entiendo las razones mercantiles de las librerías; sé que pasa lo mismo que con las tiendas de música: los peores discos son los que más se venden.

Por eso propongo que dediquen sucursales a este tipo de “literatura”. Así los lectores de verdad y no de ocasión no tendremos que abrirnos espacio entre tanta basura llamada “literatura”.

Un mejor final

Esto será lo último que yo te escriba, le dije, le escribí, para ser más preciso.

Así como llegó, así se fue. Llegó hace 8 años, como lo mejor de la vida: sin anunciarse. Así, irrumpió en mi vida y en mi universo intelectual. Comentó unos poemas que había publicado, pero lo hizo como so me conociera desde siempre. Me mandó una fot suya por correo electrónico, un saludo, un abrazo y ina gran sonrisa, que los pixeles hacían permanentes.

Así fue que nació esa relación intensa, epistolar y loca, pero hermosa.

Cada cosa que ella iba descubriendo en la vida me la contaba. Entonces debatiamos. Pero todo entre risas y chanzas. Nacía algo que bien podría llamarse amor.

Pero decía que así como llegó, así se fue. Sin más, bueno casi. Unas cuantas líneas y ya. Quiza simplente aprendió a volar.

A mo manera de ver, esta historia merecía um mejor final.

Hay días

Hay días en los que simplemente nos apetece beber una taza de café o un buen vino, ir por el diario, sentarnos en una banca de las calles del centro. Caminar, mirar a los viejos alimentar a las palomas. A los jóvenes mojarse en las fuentes. A las quinceañeras hacerse la foto con chambelanes y amigos. Hay días que te da por admirar lo monumentos de la ciudad. Entonces valoras el esfuerzo común. El sacrificio de los que te precedieron, de los que ya no pudieron ver esto que tú sí desde el mirador en el que estás.

Hay días, como estos en los que te echas a la calle y miras a la señora y a su esposo e hijos. Les miras felices comerse la torta de milanesa con queso y beber su Coca-Cola. Entonces comprendes que la felicidad está al alcance siempre y de todos.

Hay días simples como este, de los que se aprenden tanto.

Sobreviviendo a los tiempos de Jordi Rosado, Justin Bieber y Ricky Martin

En estos días he estado contemplando muy seriamente la posibilidad de hacer mis compras de libros vi Internet. Cosa a la que me rehusaba porque uno de los mayores gustos que tengo en esta vida es precisamente ir a la librería, tocar los libros y hacer cálculos mentales para saber cuál tiene importancia mayor y comprarlo. Pero como dije, esto aun que me duela, quizá deba cambiar. Me explico.

 

Sucede que cada vez es más difícil encontrar empleados competentes, que sepan de los autores de los que les hablas. Les mencionas cierto autor, Alejo Carpentier y te miran como si los hubieras insultado. Ni qué decir cuando pregunté por José Lezama Lima, autor de la obra cumbre de la literatura en lengua hispana, después del Quijote. Que quede claro que no fue a un empleado de Walmart o Superama sino a un empleado de Librerías Gandhi. Vamos, por lo menos hubiera buscado en la Wikipedia y se hubiera ahorrado la vergüenza. Ah, pero eso sí, entraron dos chicas y le preguntaron por el libro que escribió Justin Bieber -já- y en seguida les dio información. No tengo más qué decir.

Así las cosas.

Sabor a almendra

Las tardes-noches de domingo suelen ser buenas para la poesía. Bien pueden ser acompañadas de café tibio, sabor almendra. En el reproductor digital pongo a tocar las danzas cubanas de Ignacio Cervantes. Son las bondades que la tecnología nos brinda. No nos podemos quejar.

Siempre he pensado que soy una especie de avejentado, un viejo-joven. No me molesta. Cuando tenia 10 o 12 años escuchaba a Pedro Vargas interpretar a Agustín Lara. En dónde mas si no en El Fonografo, estación radial de la Ciudad de México cuyo escuchas no eran precisamente contemporáneos míos.  Mi madre me miraba un curiosidad y me decía : hay hijo, pon algo más  alegre. Quizá a ella esa música se le hacía antigua. A mi se me hacía  y se me hace, hermosa.

Pasaron los días y los años y el amor me descubrió. No puedo decir que yo lo descubrí  porque como dije, eso ya lo había hecho escuchando la “música ligada al recuerdo”. Conocí  rostros hermosos tanto en el cine como en revistas, y estos, me hicieron soñar. Las niñas y jóvenes de mi edad me hacían sonrojar. Luego llegarían las cartas de amor y los pesimos poemas que entregaba muy formalmente y en sobre blanco.

Como de alguna manera siempre he sido alguien errante, no conservo -para mi desgracia- carta alguna escrita por mis pequeñas pretendidas. Algunas eran muy bonitas, bien escritas y perfumadas. Habían unas que tenían dibujafa una rosa a manera de rúbrica.

Algunas otras cartas tenían promesas de amor eterno. Si esto aún se mantiene en firme, es bueno saberlo, pues imagino que de alguna manera es como tener una generosa cantidad en algún banco -de preferencia en un paraíso fiscal-.

Yo siempre esttoy recordando. Mi madre dice que parezco viejito. A mis 32 años me gusta recordar las cosas que he vivido. He vivido mucho. Quizá tenga que vivir cuatro veces mas para poder relatar en esta bitácora lo que he visto hasta ahora. Aunque tampoco lo deseo.  No quiero morir tan viejo.