Tenía que ser así

Para mi esposa Rosy de Flores y mi hermano José Arrieta, que siempre respaldan mis pasos

Yo sabía bien que tarde o temprano iba a suceder. Que llegaría el día en que no las traería todas conmigo y entonces…

No tengo tristeza, ni dolor, mucho menos amargura. 30 años de trabajar con público todas las semanas me han enseñado que hay días, funciones malas y que nada se pudre del todo. A todos nos pasa, una mala función, que allí queda y uno debe tener la capacidad para reponerse de inmediato y dejar atrás esa experiencia desagradable para no perjudicar lo futuro.

Había leído y conocido experiencias de otros que también se habían visto en la necesidad, por cuestiones de salud, de abandonar una carrera. Murakami describe muy bien esta situación en su libro “De que hablo cuando hablo de correr”. Claro que uno no quiere dejar la ruta, pero uno en los entrenamientos ha aprendido a conocer al cuerpo, a saber lo que puede hacer y hasta dónde está dispuesto. Para mí, este año es al que más tiempo le dediqué a preparar este maratón. Sería deshonesto no decir que sentí algo de frustración cuando me plantee la posibilidad de abandonar la ruta.

La vida me jugó la mala pasada al mandarme un inconveniente estomacal tres días antes de la carrera. Lo que me produjo diarrea y vómito, además de calentura. Casi no comí durante los dos días antes al maratón. La noche del sábado a domingo dormí acaso dos horas, pues el dilema entre correr o no, me revoloteaba en la cabeza.

Finalmente decidí hacerlo. Ya no me sentía mareado aunque sí algo débil. Me quedé de ver con mi hermano en el metro Pino Suárez, de allí fuimos a buscar nuestro bloque de salida.

Mi hermano y yo corrimos 18 kilómetros juntos. Platicamos sobre lo que es el maratón de la CDMX, del peso histórico de esta ciudad y de la fortuna de poder correr el maratón que celebra el 50 aniversario del maratón de los juegos olímpicos de México 68.

A la altura de Plaza Carso le dije a mi hermano que iba a bajar un poco mi velocidad, pues no quería fatigarme, le dije que él siguiera a su paso. Seguimos juntos unos kilómetros más.

A la altura del kilómetro 25 me fuí sintiendo débil. Pasó lo que mi esposa y yo habíamos previsto: las fuerzas se me iban a acabar por falta de alimento, ya que el jueves me había vaciado y en los días siguientes, prácticamente no había comido. Tuve que tomar la decisión de abandonar la carrera. No quise aferrarme porque no quería llegar mal a la meta. Sé que si me hubiera aferrado, lo hubiera logrado, tampoco quería caminarlo. Si lo termino, será a un ritmo “decente”, me dije. En mi mente se vinieron los recuerdos de los otros maratones y los días de entrenamiento. Eso me hizo sentirme contento. Esta ruta yo la la vencí, me dije. Hoy no se pudo, no por falta de capacidad o entrenamiento.

Al ver el gallardete del kilómetro 27 tomé el móvil, llamé a mi hijo mayor, que de inmediato me preguntó cómo estaba y en qué parte. Le respondí que bien, pero que ya no continuaría porque ya no tenía fuerzas. Me respondió que iban por mí. Llamé a mi madre, que esperaba en el estadio de CU, le dije que ya no iba a continuar y que mi esposa e hijos iban a pasar por mí, que más tarde le llamaba para saber cómo había llegado mi hermano.

Nunca se pierde del todo y el maratón no es sólo el día de la carrera. No. El maratón es a partir del momento en que te levantas por primera vez y te calzas las zapatillas de correr y sales, quizá con flojera, con frío e inicias la preparación rumbo a esos 42.195 kilómetros te quizá se ven lejanos. El maratón son esos días calurosos o lluviosos. Esas carreras de 5, 10 15 o 21 kilómetros. El maratón es también esos días que ya estás listo para salir a correr y la lluvia te lo impide. El maratón es también esos dolores inesperados.

Por eso el running es el deporte más hermoso del mundo, porque basta salir a la calle y allí está de nuevo la oportunidad de enmendarse.

Solo puedo decir que este año que no pude concluir el recorrido, es cuando realmente me hice maratonista.

 

Nicaragua

Hubo un tiempo en que se decía que todos los negocios de Nicaragua eran del dictador Somoza. Tal cosa podía ser mentira y una exageración, pero no hubiera sido algo extraño, dado el poder absoluto del gorila centroamericano.

Nicaragua pertenece a esos tiempos en los que a Estados Unidos le dio por colonizar a latinoamerica de dos maneras: con plantaciones de la United Fruit y con férreos militares. Allí, en medio de esa pobreza y desigualdad, nació la utópica revolución sandinista.

No fue fácil echar a los gorilas de Nicaragua. Tuvieron que morir muchos civiles, muchos estudiantes, muchos maestros, muchos sacerdotes y monjas. Hasta que por fin Daniel Ortega y los sandinistas se alzaron con el triunfo.

Muchos años después, penosamente, Daniel Ortega se ha convertido en un mucho de lo que combatió.

Nunca, bajo ninguna circunstancia, las armas deben dirigirse hacia jóvenes que no hacen otra cosa que defender una opinión, por muy crítica que está pueda ser. Tal cosa es simplemente inaceptable en cualquier revolución. Es contra natura. Las revoluciones las hacen los jóvenes.

Pero hoy Nicaragua se ha manchado de sangre. Sangre inocente. De jóvenes que lo único que pedían eran mejores condiciones. Más justicia social. Precisamente lo que también pedían, hace décadas, los que hoy se han manchado las más con esta sangre joven.

Cuando se pierde el decoro, lo mejor, lo único que queda, es marcharse. Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidente, junto con todo el aparato que hoy gobierna deben irse.

A veces nos pasamos de buena gente

Es ampliamente sabido y reconocido que este sufrido país es muy generoso y recibe a todo mundo. Ya sea que alguien sea perseguido, buscado, explotado, humillado, abusado o no. Acá toda persona es bien recibida. Y no hace falta decir que muchas de esas personas aparte de entrañables han aportado mucho a nuestro país. Antes, de Colobia, por ejemplo, nos llegaban escritores o músicos. De Argentina Psiquiátras o jugadores de fútbol. De Chile, poetas. De España intelectuales, filósofos y gente emprendedora que fundó empresas que hoy son líderes en el mundo.

Pero de un tiempo para acá algo pasó y todo fue para mal. Ahora de Colombia llegan bandas de roba casas o prestamistas o secuestradores. De Argentina, tipos pedantes que se pasean por la Condesa mientras nos barren con la mirada. Aunque no traigan un duro en la bolsa. De Venezuela, mujeres que gritonean a los dependientes de Burguer King. Una cantante chilena que le habla de forma grosera y despectiva a un reportero. Y como el antaño  no se puede quedar atrás, ya entrados en gastos, una escritora que llama “gordas inmensas” a unas juchitecas y en su propia casa. Esta escritora, por cierto, es una princesa… de un reino que no existe!

Todo esto me lleva a la conclusión de que a veces nos pasamos de buenas personas. Los mexicanos somos hospitalarios, pero deberíamos aprender a ser un tanto selectivos. Por lo menos no deberíamos recibir a quien nos falta el respeto. A quien nos agrede. Así sea un mara salvatrucha o Trump.

No es casualidad que la violencia se haya incrementado de forma significativa desque que Fox le abrió las puertas de la frontera del sur a los centroamericanos.

La zona oriente del área metropolitana tiene serios problemas de inseguridad y mucho tiene que ver que por esos lares hayan llegado a vivir muchos centroamericanos. En la Portales y alrededores los robos a las casas y las clonaciones de tarjetas es gracias a bandas de colombianos.

Como dirían los clásicos, ya se están pasando de tueste.

 

Elogio de la actuación

El próximo año cumpliré 30 como actor. Desde niño aprendí uno de los oficios más “inútiles” que existen, pero también uno de los más enriquecedores. En estos casi 30 años de andar, de actuar, he visto innumerables rostros, miradas, lugares, caminos, etc. He sido aplaudido, reconocido, fustigado, amenazado, y discriminado. Sí, discriminado por aquellos que han infravalorado esta hermosa profesión. En pleno siglo XXI hay quien piensa que la actuación no es un “trabajo”. Hay gente que al saludarme, por ejemplo, se sorprende porque no tengo callos en las manos. “Las tienes de señorita”, me dicen y en seguida preguntan: ¿qué no trabajas? Claro que trabajo, pero mi trabajo no requiere que me ensucie las manos, ni me corte ni me queme  ni me salgan callos. Respondo un tanto molesto después de tantos años de escuchar cuestionamientos similares. Por otro lado, como el actor debe mantenerse en forma, hay que hacer algo de ejercicio, en mi caso running. En el caso de correr, si lo haces de forma disciplinada y cuidas la alimentación, estarás en buena forma, delgado. Esto siempre lo agradece la actuación. Pero los amigos y los conocidos o con los que platicas, te dirán que eres vanidoso.  También dirán que eres muy mujeriego. Eso seguro, no falla. Así son en “ese medio”. También borrachos y fiesteros. Algunas  veces a esto he respondido: pues cuando quieras me someto a un exámen, es más, quizá resulte que bebes más que yo.

En mi caso, voy a donde tengo función, actúo y me devuelvo a mi casa, con los míos a cenar o tomar café mientras conversamos sobre cómo estuvo todo. Escucho música y canto esas canciones que me gustan. Antes fumaba tabaco, ahora no. Si tengo carrera o entrenamiento al otro día, preparo mis cosas y pongo a cargar mi móvil y mi reloj y me voy a dormir. No ando de aventurero, de borracho o mujeriego, como algunos piensan.

30 años parecen un suspiro, apenas un halito. Pero no es así. Eso es lo que muestra engañosamente el cristal por el que miramos a la distancia. Hay veces que para actuar hay que sacar el caracter, aguantarse las lágrimas y “no sentir”, para poder cumplir una misión. Por ejemplo: cuando se actúa ante niños de casas hogar, hospitales, niños con cáncer o damnificados de desastres naturales. Aquí es donde verdaderamente se requieren tablas. Aquí es donde te das cuenta que ninguna otra porfesión binda lo que esta. Que eres privilegiado por poder brindar un poco de alegría a estos niños y sus familias y amigos. Entonces descubres que, depués de tanto camino andado, como dice la canción de Alberto Cortez “al abrir mis manos no estaban vacías”. No lo están, ni mi corazón, porque se ha llenado de tantas cosas bellas durante estos casi 30 años.

Correr: día 11 (y 12)

Por mucha intensidad que se quiera poner a un entrenamiento,  el descanso no puede excluirse. Porque más allá de que el cuerpo debe reponer las fuerzas. También debe asimilar el entrenamiento al que ha sido sometido, y esto solo se consigue haciéndolo descansar. Pero aquí es donde el corredor amateur -y el recreativo- se confunde. Descanso no significa ir a echarse a la cama sin apenas moverse. No. Descanso significa hacer estiramientos suaves, alguna caminata o salida en bicicleta. Algún masaje.

Después de un día de descanso, se puede hacer  una sesión de velocidad o fartlek porque elcuerpo está descansado. Todo depende la carrera que se esté entrenando. En mi caso, al faltar tan poco para el maratón, Prefiero rodajes suaves, no quiero que la rodilla me moleste como el año pasado.

Esta semana inicio el entrenamiento de correr 5 medios maratones en 6 días. Es la parte más dura de mi poco recomendable entrenamiento de apenas un mes antes del maratón CDMX.

Mucha gente se preguntará qué necesidad de pasar por todo esto. Les puedo responder que como haber,  no hay ninguna. Solo un enorme placer por correr. Para entenderlo, hay que ponerse las  zapatillas y correr.

 

Correr día 9

Noveno día de entrenamiento, sin faltar  a correr uno solo. La apuesta da sus frutos. No me siento ni cansado ni  débil de las piernas. He ganado notablemente capacidad pulmonar. Ya puedo enfrentar las cuestas sin problema,  incluso acelero de manera notable. He reforzado los estiramientos. Sin llevarlos a la exageración. Paso el mayor tiempo posible o descalzo o con huaraches.

Hoy corrí 14 kilómetros por debajo de 5 mins por kilómetro. Ya no es un trote coqueto, sino más dinámico. No sentí cansancio. Pude haber dado otra vuelta de 4 kilómetros sin problema, incluso  dos. Pero no quiero salirme del plan que tengo. La próxima semana serán los 5 medios maratones en 6 días.

Mientras corro voy pensando en los libros que pacientes me esperan para ser leídos. Tengo que ponerme a mano con el desafío de lectura de este año.

Correr: día 6

Para mis hermanos:  José e Isela Arrieta, que hoy lograron un reto más. Para mi hijo Mauricio, que hoy cumple 16.

¿Por qué corro? La pregunta queda en el aire, pero solo unos segundos. Corro porque me hace feliz. Como feliz me hacen otras muchas cosas. Pero el correr es instrospectivo, intimista. En eso es muy distinto a todas las otras cosas que me hacen feliz. No importan el sudor, ni el agotamiento, ni la sed, ni los problemas sociales, económicos o políticos. En el momento en que el corredor se calza los tenis, se pone el short y la playera y da play a la música, nada importa ya, más que esa ruta que está por delante y a la que hay que ir tomando por los cuernos. No corro para ser feliz, porque ya otras cosas me dan esa oportunidad. Así que lo hago para ser un poquito más. Creo que la felicidad es quizá la única cosa en la que podemos ser glotones. Soy feliz, pero si puedo tomar otra rebanada de felicidad, me la sirvo gustoso.

Tampoco corro porque alguien me halague o reconozca mi proeza, que de hecho no tengo. Debo reconocer que me gusta el aplauso. Pero la dosis la obtengo cada semana mientras actúo. Así que cuando corro solo  quiero eso. De hecho, cuando dejo de actuar soy bastante serio. No participo en congresos ni fraternidades ni asociaciones de mi gremio.

Hoy corrí 10 kilómetros en trote “coqueto”, que es como la comunididad de corredores define un entrenamiento tranquilo, sin pretenciones de romper  algún récord o así. El trote coqueto ayuda a no fatigar las piernas y a entrenar técnica de carrera. Aunque muchos piensen que correr cualquiera lo hace -yo así pensaba no hace mucho-, la realidad es que es una media verdad. Porque sí, cualquiera puede correr, pero cuántos lo hacen bien. Porque la mayoría lo hacemos mal. Por eso es importante entrenar la técnica de carrera. Sobre todo porque es la técnica y el trote coqueto lo que permite concluir un maratón. Ademas de que el trote coqueto nos permite tener una noción del tiempo que podemos llegar a hacer en nuestra carrera.

Concluye una semana de entrenamientos y de reflexiones blogueras.

 

 

Correr: día 5

Hoy salí a correr a las 6:50 de la mañana. A esta hora hora todavía no amanece, la oscuridad hace pensar que fueran horas de noche y no de muy de mañana. Hace algo de frío. Prácticamente no hay nadie en la calle. Una ue otra persona adormilada se dirige al trabajo. Siento la mirada de algunos. Quizá les parezca extraño verme en ropa deportiva, con audífonos y seleccionando la música  que usaré para correr. Sé lo que piensan, si ellos estuvieran en mi lugar, no estarían aquí, con este frío, prestos a correr. Sino en su casa, gustosos de dormir unas cuantas horas más. Así es cuando se tiene que cumplir un horario laboral desde temprano. Miras a los que no lo tienen que hacer y sientes algo de envidia. No lo puedes evitar. Yo ahora no lo tengo que hacer. Pero antes sí. Hoy si me levanto temprano, es porque así lo quiero y lo ocupo de la mejor manera. Corriendo.

Fueron 7 kilómetros a velocidad de 4:45. Acompañé a mis hermanos a recoger su número del maratón Rover. Recorrido muy demandante, pero sé que lo harán muy bien. Sé lo exigentes que son con ellos mismos, además conozco sus capacidades.

Mi año entre libros

Otros años o mejor dicho, todos los años anteriores a este 2016 no llevaba la cuenta de forma rigurosa de los libros que leía. Mi conteo era “al tanteo”, así que bien a bien no sabía cuántos había leído al final del año. Ahora lo quise hacer distinto, sobre todo para tener más precisión en los temas y títulos.

Así que este año use la app Goodreads y establecí mi desafío de lectura en 75 libos para este año. Debo decir que para el momento en que esribo estas líneas, solo me faltan dos libros para completar el número. Nada mal, lo digo sin falsa modestia, de esa que gustan de usar los que se la dan de humides por el mundo, pero si vieran pasarla por la calle ni la reconocerían.

En este año he leído desde sociología hasta teología, pasando por novelas, cuentos, economía política, marxismo, etc. He leído sentado, parado, apretujado en el metro, cómodamente sentado en un autobús y hasta caminando. He recorrido librerías muy bonitas, librerías evangélicas, católicas, judías; he corrido bajo la lluvia con una decena de libros recién adquiridos. Nada, que mi año con los libros, como siempre, ha sido increible.

Ahora me enfrento a un problema que tiene solución, pero la transición no está siendo fácil, por la costumbre. Me explico.

La compra de más libros se está volviendo una situación crítica, no por cuestión económica sino por cuestión de espacio. ¿Dónde meter más? ¿Qué hacer? -Lenin dixit-

Pues la solución es dejar de comprar libros físicos y valerse de la tecnología. Hacer uso de algo llamado Google Play Books y un tablet.

Pero esto pega justo en la cuestión sentimental: un libro impreso es más entrañable. Vas a la librería, lo buscas, lo compras, y si no lo encuentras, lo buscas hasta hallarlo. Te lo llevas y no se despega de tí en días. Cuando lo acabas de leer, le buscas el sitio de honor que se merece.

Es cierto, en el dispositivo puedes llevar miles de libros, pero hace falta algo. Quizá es olo cuestión de irse acostumbrando a lo inevitable.

Como sea un año se despide y otro le suple, así que hay que planear el desafío del año venidero. No serán 75 o 76 libros para el 2017. Serán de 45 a 50. La razón es que me quiero centrar a leer obras que he dejado en espera por su extensión -algunas rondan las 1500 páginas-. Además de que estaré muy enfocado a la teología. 2017 será un año muy intenso en mi formación teologal.

Pues eso.

El respeto nunca es anticuado

El respeto, la cortesía, la educación, son cosas que parece, se van perdiendo. No solo en los jóvenes y los niños, también en los adultos. Cosa extraña esta, la de que los adultos le aprendan los hábitos -nocivos- a los que deberían ser enseñados por los primeros -de cosas buenas, claro está- y no al revés. No es casualidad que nuestra sociedad sea cada vez más violenta e insensible. Los ciudadanos dejamos a un lado las nociones elementales de educación y nos tornamos en seres agresivos, mal humorados e irascibles.

No deja de ser irónico, pues vivimos en la era de la información. Nunca antes la humanidad ha tenido tanto conocimiento a su alcance. Literalmente a un simple clic de distancia.

Así nos luce el pelo. Vamos mal.