Las revistas necesarias

En otra publicación anterior me refería a las revistas científicas que se editan en México. Ahora hablaré un poco de la travesía que es encontrarlas. Es toda una odisea hacerlo. En teoría las venden en Sanborn’s, Librerías UNAM y en el Fondoe de Cultura Económica. Sólo en teoría, porque los empleados del “fondo” no tienen ni idea de “qué revistas hablo”. Los de la librería de la UNAM dicen que sí les llegan, pero que tardan. Humm. Salvo la ¿Cómo ves? que también edita la UNAM y esa sí está en puestos de periódico puntualmente, todas las otras padecen de graves problemas de distribución. Ya mandé un mensaje a los de Revista de la universidad. Ya respondieron, muy cordialmente y agradeciendo mi interés. Dicen que andan en eso, que esperan pronto mejorar la forma en que se distribuye su revista.

Es una lástima que si en México se editan revistas muy buenas sobre ciencia, arte y literatura por parte de las instituciones públicas, no se les de la difusión que se merecen. Digo, está muy bien que en CU “seguro la consiga”, pero vamos, no toda la Ciudad de México ni todo el país es CU. Qué más quisiéramos.

Penosamente el trabajo intelectual de las mejores mentes del país se ve acotado en el propósito de ser leído el trabajo preparado diligentemente por cuestiones burócratas.

II

En mi búsqueda afanosa de los nuevos números de las revistas, visité media docena de Sanbor’s. En uno de ellos, un joven dependiente me preguntó que para qué quería yo tantas revistas. Pensé en una respuesta jocosa, pero me contuve. ¿Para qué se pueden querer tantes revistas? Vayamos más allá: ¿Para qué tantos libros? Quizá este joven tenga razón. Para qué perder tanto tiempo en buscar revistas y libros en los que nos llevaremos aún más tiempo en leer. En el transporte, por ejemplo, si no dedicara ese trayecto a la lectura, bien podría ocuparme en dormir mientras llego a mi destino. Podría dormir tan profundamente hasta babear. Sin tantas revistas ni libros, podría hablar de las catásfrofes pamboleras de la selección nacional. Podría beber cerveza hasta tener una panza descomunal. Podría hacer múltiples grupos de amigos en WhattsApp y compartir videos de niños cayéndose y borrachos haciendo el ridículo. Sería divertido.

Pero no dije nada de eso al dependiente. Mejor le respondí con otra pregunta. Le dije que si había algo en la vida que le llamara la atención. Me respondió que los relojes. Bien, le dije, aquí ustedes venden una revista que se especializa en relojería, si él la leyera en cada número que sale publicada, con el tiempo tendría un conocimiento sólido sobre relojería, más allá de marcas y precios. Ya con más confianza me dijo que a el no e gustaba la sección que le habían asignado, que preferiría estar como vendedor -como no- en el departemento de relojería. Pues si estudias sobre la historia de la relojería quizá te puedan dar con el tiempo la oportunidad de estar allí, le dije. ¿Usted cree? me dijo. Claro, estoy seguro, cuando tengas los conocimientos seguro lo harán, porque los clientes siempre valoran a los vendedores conocedores de los productos que ellos buscan. Eso da confianza.

No hubo necesidad de explicarle más para qué sirven tantas revistas.

Las revistas de ciencia en México

Buscando información en la red y en libros para escribir algunos artículos sobre ciencia, específicamente de los temas de genética, eugenesia y bioética, di  con las revistas que publica la UNAM y la Academia Mexicana de Ciencias. Debo decir que me sorprendieron gratamente tanto la calidad de investigación y la forma en la que están redactadas: sin pastosidad, pero sin relejar el lenguaje técnico. Además de lo anterior, la calidad de impresión.  La revista Ciencias, que es editada por la Facultad de ciencias de la UNAM es graficamente excelente. Sus ilustraciones están ampliamente cuidadas y van acorde al tema del que se trata. La que edita la Academia Mexicana de Ciencias se llama -cómo no- Ciencia. Es más técnica que la de la UNAM pero la calidad gráfica es muy buena. En ambas los requisitos para la publicación de artículos son rigurosos. Los artículos a veces esperan hasta un año en ser publicados, pues un equipo de especialistas se encarga de corroborar la información. Si es necesario, se le hacen observaciones o sugerencias al escritor. Ambas revistas tienen un precio bastante módico: 40 pesos. Si tomamos en cuenta la calidad del producto tanto en contenido como en impresión. Por si fuera poco, sus contenidos están en línea disponibles para todo público de manera gratuita.

Revistas como Letras Libres, Nexos, Gatopardo Algarabía y otras, tienen un precio más elevado y la calidad de impresión no compite con estas de ciencia.

El único problema que veo en estas revistas y que al igual pasa con la Revista de la Universidad, es el problema con la distribución. Tardan mucho en ser surtidas en los lugares de venta, incluso en las librerías de la UNAM. Obsesivo como soy, busqué los nuevos números en tiendas Sanborn’s, Librería UNAM y en el Fondo de Cultura Económica. En todas tuve la misma respuesta: tardan en llegar.

Solo en Sanbor’s de eje Central, no el los azulejos, sino el que hace esquina en calle Tacuba, encontré la nueva Revista de la Universidad. Las de ciencia son más difíciles porque bien a bien no tienen una fecha de salida. Esto me devuelve a la realidad porque al final de cuentas la distribución corre a cargo de la burocracia, con todo lo que esto significa.

Pero de algo sí estoy seguro, cuando encuentro una, la compro y salgo contento y orgulloso pues sé que he hallado un tesoro.

¿Y si simplemente somos hijos?

Más allá de toda la parafernalia mercantilista y cursilona -espero no meterme en otro debate con mi madre sobre esto- , si simplemente somos eso, hijos, con todo lo que eso conlleva, que es entre otras cosas, ser ciudadanos responsables, honrados, trabajadores, alejados de los vicios y observantes de los principios morales que se nos enseñaron en casa. Si amamos a nuestra madre porque tanto le debemos y por su cariño. Demostémoslo, pero sin engominarnos, sin irnos al extremo cursi que raya en el mal gusto y en la hipocresía. Porque está probado una y otra vez que el hijo que más melosamente festeja a su mamá es el que peor se porta todo el año. Si alguien tiene duda de lo que digo, allí está el cine mexicano que ha producido una gran cantidad de melodramas que lo ilustran muy bien.

Ese hijo que cada 10 de mayo suelta cursilerías en cantidades industriales, es el que hace enojar a su madre los otros 364 días “comunes”… y a veces el 10 de mayo también.

La mayoría de los mexicanos tienen dos madres, la carnal y la virgen de Guadalupe. Y el mexicano se comporta con las dos de manera muy similar. A la imagen la van a ver por lo menos una vez al año a su templo. Algunos hacen caminatas infaustas desde su pueblo, el último tramo lo hacen de rodillas y a veces hasta golpeándose. Llegan ante la imagen y le piden perdón… muchos de ellos en cuanto salen, buscan dónde quitarse la sed. Así que va a embrutecerse.

Por eso insisto, es mejor ser simplemente hijo. Porque la la labor del hijo y esto lo sabemos tanto cristianos, judíos o musulmanes, es “honrar a su padre y a su madre”.

Así que la labor del hijo es conducirse en la vida para bien, no dar razón a tristeza o vergüenza para su madre. También es estar atentos a lo que la madre necesite.

Cuán penoso es que cada 10 de mayo, ya entrada la noche, la madre es la que aún no se ha ido a dormir porque está limpiando la casa después del festejo que dejó basura, botellas de vino o cerveza y vomitadas de los hijos borrachos.

Claro, los te quiero y los abrazos son fundamentales. Por eso hay que darlos a nuestra madre. Pero también razones de felicidad y no de triteza.

No se vale hacerla feliz un día y que todo el año restante esté triste.

Hay que tener un poquito de la que celebramos.

Mi año entre libros

Otros años o mejor dicho, todos los años anteriores a este 2016 no llevaba la cuenta de forma rigurosa de los libros que leía. Mi conteo era “al tanteo”, así que bien a bien no sabía cuántos había leído al final del año. Ahora lo quise hacer distinto, sobre todo para tener más precisión en los temas y títulos.

Así que este año use la app Goodreads y establecí mi desafío de lectura en 75 libos para este año. Debo decir que para el momento en que esribo estas líneas, solo me faltan dos libros para completar el número. Nada mal, lo digo sin falsa modestia, de esa que gustan de usar los que se la dan de humides por el mundo, pero si vieran pasarla por la calle ni la reconocerían.

En este año he leído desde sociología hasta teología, pasando por novelas, cuentos, economía política, marxismo, etc. He leído sentado, parado, apretujado en el metro, cómodamente sentado en un autobús y hasta caminando. He recorrido librerías muy bonitas, librerías evangélicas, católicas, judías; he corrido bajo la lluvia con una decena de libros recién adquiridos. Nada, que mi año con los libros, como siempre, ha sido increible.

Ahora me enfrento a un problema que tiene solución, pero la transición no está siendo fácil, por la costumbre. Me explico.

La compra de más libros se está volviendo una situación crítica, no por cuestión económica sino por cuestión de espacio. ¿Dónde meter más? ¿Qué hacer? -Lenin dixit-

Pues la solución es dejar de comprar libros físicos y valerse de la tecnología. Hacer uso de algo llamado Google Play Books y un tablet.

Pero esto pega justo en la cuestión sentimental: un libro impreso es más entrañable. Vas a la librería, lo buscas, lo compras, y si no lo encuentras, lo buscas hasta hallarlo. Te lo llevas y no se despega de tí en días. Cuando lo acabas de leer, le buscas el sitio de honor que se merece.

Es cierto, en el dispositivo puedes llevar miles de libros, pero hace falta algo. Quizá es olo cuestión de irse acostumbrando a lo inevitable.

Como sea un año se despide y otro le suple, así que hay que planear el desafío del año venidero. No serán 75 o 76 libros para el 2017. Serán de 45 a 50. La razón es que me quiero centrar a leer obras que he dejado en espera por su extensión -algunas rondan las 1500 páginas-. Además de que estaré muy enfocado a la teología. 2017 será un año muy intenso en mi formación teologal.

Pues eso.

La república del odio; la ignorancia de lo que es un Estado

En el Laberinto de la Soledad Octavio Paz define la esencia del mexicano: “desconfiado, hermético; un ser que no ha perdonado al que lo avasalló y por eso sigue odiando”. El premio Nobel advierte que no todos los mexicanos son así, “solo los de un núcleo específico”. Pues este núcleo explotó, se dispersó y contaminó a gran parte de los mexicanos. Ahora el odio es una constante en la vida de nuestra sociedad. Odia el obrero, el carpintero, el empleado de gobierno, el doctor. La tecnología, en particular la informática a través de las redes sociales nos ha convertido en opinadores. Todos comentamos la política, la economía, la salud. Y no está mal, por el contrario, eso muestra la libertad que como sociedad hemos alcanzado (muy a pesar de los que consideran que todo va mal). El problema es de forma. Los mexicanos nos exaltamos, gritamos y con este grito negamos la voz y las razones de los otros, imponemos o buscamos imponer. Si no lo conseguimos entonces mentamos la madre, ofendemos a la familia y usamos recursos homófobos o machistas. Para cualquier duda, baste que el lector visite la sección de opiniones del lector de cualquier diario en internet para que lo compruebe.

Ese odio en ocasiones se acompaña de ignorancia y conduce a decir las cosas más incongruentes y patéticas que uno pueda imaginarse. Ejemplo de ello lo tenemos en la consigna que los ciudadanos “conscientes” gritan a razón de la muerte de los estudiantes de la escuela Normal de Ayotzinapa: fue el Estado.

Según la teoría de estos activistas, el Estado los asesinó. El Estado está conformado por  la población, el gobierno en todos sus niveles, el territorio, así como de la soberanía. Mi pregunta para estos señores es la siguiente: ¿los niños que va al kinder desearon que murieran estos estudiantes radicalizados? Esos niños forman parte de la población y por ende, del Estado.

Pero como es más fácil y más heróico, al menos así parece, rasgarse las vestiduras y gritar: fue el Estado, que razonar y leer un poco. Pues eso es lo que hacemos.

Ahora somos una república del odio. Repartimos insultos a diestra y siniestra y difamamos. Porque así nos apetece. Porque nos sirve de desfogue de nuestras frustraciones. Como sentimos que nuestro jefe en el trabajo nos trata mal, pues le mentamos la madre al presidente y ya está. Cuando nos topemos al jefe lo saludaremos con la toda la hipocresía de la que somos capaces, porque ya arrojamos nuestra porción de odio.

Algunos lucen al mundo sus descubrimientos científicos, otros sus adelantos tecnológicos. Los mexicanos no (no todos, como dijo Octavio Paz), los mexicanos andamos por la vida con nuestros traumas, rencores y desperdigando odio.

Papa Francisco visitará México

Dos veces lo invitó el presidente Peña Nieto y dos veces don Francisco -el llamado papa, no el presentador chileno- se mostró evasivo. Cordial, pero evasivo. Dicen que aquellas veces rechazó la invitación porque él quería visitar ciertas zonas del país que resultan algo incómodas para el gobierno. ¿Tlatlaya? ¿Iguala? No lo sabemos. También se dice que quería realizar más o menos el mismo recorrido que hacen los migrantes que viajan en el tren de carga mejor conocido como “la bestia”. Suena creíble, si tomamos en cuenta que este papa muestra mucha empatía por los migrantes de todo el mundo.  Debo advertir al lector que yo no soy católico, nunca lo he sido, ni lo seré, pero simpatizo con muchas cosas buenas que hace la iglesia católica por el mundo, como las misiones de caridad. Hay otras cosas que no me gustan mucho, pero eso no es la razón d emi texto. Así que volviendo al tema, debo decir que a mi me da mucho gusto que venga. Más allá de ser el líder de cientos de millones de católicos, es un hombre bien intencionado, honesto, sencillo, de pensamientos y razonamientos muy profundos y que logra aterrizar para que la mayoría que lo escuchamos o leemos, lo podamos entender. Eso siempre se agradece. Además de espontáneo, es un ministro que sabe vivir de acuerdo a los tiempos. No relaja la doctrina -o enseñanza, como le llamamamos los que no somos católicos- por ser popular. Más bien la explica para las nuevas generaciones. Como Cristo explicó a sus discípulos lo que los profetas, siglos atrás habían dicho. Lo repito.  A mí me da gusto que venga.

Los políticos son esa mala carroñera que busca sacar ventaja de cualquier cosa, hasta de una visita pastoral. Ya podemos ver a los líderes del senado y de la cámara de diputados peleándose por dónde debe presentarse el papa, si en la cámara de diputados o en la de senadores. Digo, con tantos pendientes en ambas cámaras, y estos señores ocupándose de una logística que no les compete. Aparte, que yo recuerde, ellos son los representantes de una nación que en su constitución se reconoce laica. Pero así son las cosas con los políticos. Yo me pregunto: ¿el papa podrá beber de esa copa?

Estoy seguro que hablar ante políticos es una de esas cosas que se le indigestan a este papa. Qué barbaridad, es muy seguro que tenga que ir a hablar a la cueva de Alí Babá.

El día que Marx se olvidó de los actores

Las redes sociales sirven para muchas cosas, del cotilleo a la broma, el romance, el insulto, la política, los memes, las recetas vegetarianas, el running. Pero también sirven para que actores y extras conozcan las vacantes para diversos espectáculos, programas de tv, culebrones y películas. El actor, según  recuerdo escribió Lenin en su obra El Arte y la Revolución, es un ser inútil porque no participa en el proceso de producción, como sí lo hace el campesino o el obrero. Lenin, hay que recordar, entendía el arte como propaganda. Si no servía como medio para enaltecer la emancipación del proletariado, no había razón para que existiera.

A Lenin le concedo la mitad de su teoría, solo la mitad. El arte es inútil. Claro, porque nace a partir del ocio. De ese tiempo muerto que desemboca en creatividad.  Pero el arte sí participa en los proceso de producción. Genera empleos y es una industria.

Pero esta industria del entretenimiento ha venido desmereciendo la labor en los últimos años. Al actor ya no se le ve como algo esencial para la producción de contenidos. Ahora se le ve como a algo que se puede suplantar como a cualquier cosa.

Un actor no es lo mismo que una palmera o una lámpara o una escalera. Un actor es un ser que ha dedicado bastante tiempo a su preparación. Pero ahora al actor lo suplen con personas que igual y son simpáticas, pero desconocen de métodos de actuación. Baste ver el “portafolio” que envían cuando se postulan para un papel. Fotos que más parecen de la sección de contactos sexuales de cualquier diario que de un actor profesional.

Y si surgen los pseudo actores, no pueden faltar los pseudos agentes que pactan con las empresas de contenidos. Aquí es donde se jode la cosa. Porque estos tipos son los únicos beneficiados en la negociación actor-empresa.

He visto anuncios como este: empresa de televisión, solicita extras para personaje atlético, que sea bien parecido, tipo europeo. Grabación todo el día. $500 pesos al corte. Estos tipos de existir el infierno, seguro ya poseen una buena porción. Lo piden atlético, bien parecido y de perfil europeo, pero le pagan como a trabajador de la construcción en país de tercer mundo.

Quizá todo se deba a que el gran pensador Marx, nunca nos concedió a los actores un lugar en su bastísima obra.

El resplandor de Damasco

Pedro Miguel Lamet ha nombrado así su novela cuyo personaje estelar es Saulo de Tarso, que luego sería conocido como Pablo, la versión romana de Saulo. La novela histórica El Resplandor de Damasco es la visión de un jesuita sobre la vida, obra y ministerio del “apóstol a las naciones”. Una visión un tanto incrédula sobre la conversión del evangelizador más dinámico y cosmopolita del pentecostés en adelante. Es como si Pedro Miguel en su intención por contarnos una historia, se quisiera desprender de su haber teológico. No veo por qué. Es evidente que la gran mayoría de los que leemos esta novela lo hacemos a partir de creencias. Negar el suceso de la conversión de Saulo, es negar que Cristo se le apareció en el camino; que le dijo: me eres un vaso útil. Es nulificar la fe. Si todas las cosas para Dios son posibles a través de Su Espíritu Santo y con Cristo como emisario, ¿por qué pensar que Saulo por sí mismo sería capaz de llevar a cabo la magnífica obra evangelizadora que emprendería? Saulo era un hombre bastante ilustrado en la ley judía, pero precisamente este alto conocimiento de la ley era lo que lo hacía fracasar en su afan por agradar a Dios. Él mismo lo explica en la carta a los Gálatas.

Pero he de decir que no obstante esa ausencia de fe. La novela cumple el cometido de acercarnos a una de las más fascinantes vidas.

Cristo sabía que la obra de extender el evangelio al mundo no la podían cumplir Pedro o Juan, pilares de la congregación, así reconocidos por Pablo. Ni su propio medio hermano Santiago, porque no es sino hasta la muerte del maestro, que Santiago abraza la fe.

Pablo tenía el corazón ardiente que no tenían los 11 apóstoles que acompañaron a Cristo en su ministerio. Por eso es muy correcto que el autor reconozca a Pablo como El Resplandor de Damasco.

Un mejor final

Esto será lo último que yo te escriba, le dije, le escribí, para ser más preciso.

Así como llegó, así se fue. Llegó hace 8 años, como lo mejor de la vida: sin anunciarse. Así, irrumpió en mi vida y en mi universo intelectual. Comentó unos poemas que había publicado, pero lo hizo como so me conociera desde siempre. Me mandó una fot suya por correo electrónico, un saludo, un abrazo y ina gran sonrisa, que los pixeles hacían permanentes.

Así fue que nació esa relación intensa, epistolar y loca, pero hermosa.

Cada cosa que ella iba descubriendo en la vida me la contaba. Entonces debatiamos. Pero todo entre risas y chanzas. Nacía algo que bien podría llamarse amor.

Pero decía que así como llegó, así se fue. Sin más, bueno casi. Unas cuantas líneas y ya. Quiza simplente aprendió a volar.

A mo manera de ver, esta historia merecía um mejor final.