Tenía que ser así

Para mi esposa Rosy de Flores y mi hermano José Arrieta, que siempre respaldan mis pasos

Yo sabía bien que tarde o temprano iba a suceder. Que llegaría el día en que no las traería todas conmigo y entonces…

No tengo tristeza, ni dolor, mucho menos amargura. 30 años de trabajar con público todas las semanas me han enseñado que hay días, funciones malas y que nada se pudre del todo. A todos nos pasa, una mala función, que allí queda y uno debe tener la capacidad para reponerse de inmediato y dejar atrás esa experiencia desagradable para no perjudicar lo futuro.

Había leído y conocido experiencias de otros que también se habían visto en la necesidad, por cuestiones de salud, de abandonar una carrera. Murakami describe muy bien esta situación en su libro “De que hablo cuando hablo de correr”. Claro que uno no quiere dejar la ruta, pero uno en los entrenamientos ha aprendido a conocer al cuerpo, a saber lo que puede hacer y hasta dónde está dispuesto. Para mí, este año es al que más tiempo le dediqué a preparar este maratón. Sería deshonesto no decir que sentí algo de frustración cuando me plantee la posibilidad de abandonar la ruta.

La vida me jugó la mala pasada al mandarme un inconveniente estomacal tres días antes de la carrera. Lo que me produjo diarrea y vómito, además de calentura. Casi no comí durante los dos días antes al maratón. La noche del sábado a domingo dormí acaso dos horas, pues el dilema entre correr o no, me revoloteaba en la cabeza.

Finalmente decidí hacerlo. Ya no me sentía mareado aunque sí algo débil. Me quedé de ver con mi hermano en el metro Pino Suárez, de allí fuimos a buscar nuestro bloque de salida.

Mi hermano y yo corrimos 18 kilómetros juntos. Platicamos sobre lo que es el maratón de la CDMX, del peso histórico de esta ciudad y de la fortuna de poder correr el maratón que celebra el 50 aniversario del maratón de los juegos olímpicos de México 68.

A la altura de Plaza Carso le dije a mi hermano que iba a bajar un poco mi velocidad, pues no quería fatigarme, le dije que él siguiera a su paso. Seguimos juntos unos kilómetros más.

A la altura del kilómetro 25 me fuí sintiendo débil. Pasó lo que mi esposa y yo habíamos previsto: las fuerzas se me iban a acabar por falta de alimento, ya que el jueves me había vaciado y en los días siguientes, prácticamente no había comido. Tuve que tomar la decisión de abandonar la carrera. No quise aferrarme porque no quería llegar mal a la meta. Sé que si me hubiera aferrado, lo hubiera logrado, tampoco quería caminarlo. Si lo termino, será a un ritmo “decente”, me dije. En mi mente se vinieron los recuerdos de los otros maratones y los días de entrenamiento. Eso me hizo sentirme contento. Esta ruta yo la la vencí, me dije. Hoy no se pudo, no por falta de capacidad o entrenamiento.

Al ver el gallardete del kilómetro 27 tomé el móvil, llamé a mi hijo mayor, que de inmediato me preguntó cómo estaba y en qué parte. Le respondí que bien, pero que ya no continuaría porque ya no tenía fuerzas. Me respondió que iban por mí. Llamé a mi madre, que esperaba en el estadio de CU, le dije que ya no iba a continuar y que mi esposa e hijos iban a pasar por mí, que más tarde le llamaba para saber cómo había llegado mi hermano.

Nunca se pierde del todo y el maratón no es sólo el día de la carrera. No. El maratón es a partir del momento en que te levantas por primera vez y te calzas las zapatillas de correr y sales, quizá con flojera, con frío e inicias la preparación rumbo a esos 42.195 kilómetros te quizá se ven lejanos. El maratón son esos días calurosos o lluviosos. Esas carreras de 5, 10 15 o 21 kilómetros. El maratón es también esos días que ya estás listo para salir a correr y la lluvia te lo impide. El maratón es también esos dolores inesperados.

Por eso el running es el deporte más hermoso del mundo, porque basta salir a la calle y allí está de nuevo la oportunidad de enmendarse.

Solo puedo decir que este año que no pude concluir el recorrido, es cuando realmente me hice maratonista.

 

La felicidad

Era Séneca, si no mal recuerdo, el que decía que solo es posible cuantificar la felicidad de una persona hasta el final de sus días. Es decir, cuando ya ha muerto. La razón es porque antes no se podrá hacer un arqueo que permita determinar si esa persona fue virtuosa, si tenía tendencias suicidas o padecía algún tipo de mal mental. Solo hasta que alguien deja de existir es cuando se puede saber si fue feliz. Esto es un descargo, si es válida esta teoría, Qué bueno que sea así, porque luego la felicidad o mejor dicho, la búsqueda de ésta se convierte en una obsesión. Andamos ansiosos queriendo procurarnos la felicidad a como dé lugar y en esa búsqueda frenética, nos hacemos mucho daño. Confundimos sentimientos con emociones apenas fugaces y creamos y nos causamos dolor. Locke dice que la felicidad significa ausencia plena de dolor. Luego entonces, si andamos en esa urgencia por ser felices obtenemos el efecto contrario, la infelicidad. Quizá por eso Lennon cantaba que la felicidad es un arma caliente.

Y tampoco se trata de no hacer nada por ser felices, no. Sino que más bien es colocarnos en el justo medio que tanto añoraban los clásicos griegos. Ese justo medio que nos aleja de los vicios y las pasiones que en realidad son vicios. Se trata de andar ligero por la vida y disfrutar cada instante, porque al final de cuentas, lo que ha de ser, será.

Pues eso.

 

La vida es apenas un suspiro

Tanto si somos fleices o no lo somos, la vida pasa, por delante o por detrás, quizá por el flanco izquierdo o el derecho. La vida no espera, como el tiempo. La vida deja cicatrices en nosotros, para bien o para mal. Si tenemos vida, el telón se levanta, se enciende las luces y comienza la función. Nuestra interpretación de nosotros mismos será majestuosa o mediocre, nosostros lo decidimos, madie más. Cuando no den la orden de bajar del escenario, seremos aclamados o denestrados, la decisión es, repito, nuestra.  Nadie nos enseña cómo vivir, cierto, pero no se nos estafa. Se nos ha obsequiado la capacidad de deducir, de aprender del ejemplo de los otros. La fama no es la que hoy nos venden y que radica en cuan reconocido somos, sino más bien como antaño, la fama son las cualidades, todas las cosas que vamos aprendiendo durante los años.

Hoy muchos celebran, hoy otros lloran. Hoy otros estamos en medio. Lo importante, creo es saber aprovechar cada situación, ser feliz, pero nunca a costa de los demás, estar triste pero sin agobiar a nadie más. Y los que estamos en medio, bendecir la felicidad de unos y acompañar la tristeza de otros.

La vida es un suspiro.

Nada se debería imponer

Al tiempo que veo las imágenes de la represión que el gobierno de Rajoy ha llevado a Catalunya, veo en la televisión un streaming que habla de la fe. En realidad de la fe a la antigua, esa que se imponía a la fuerza a los hijos, antes. Pero aún ahora. Como sociedad hemos tenido avances maravillosos en la tecnología y en las distintas ciencias. Han ido mujeres y hombres al espacio y las comunicaciones ahora son instantáneas desde y para cualquier parte del mundo. Pero no hemos Aprendido a respetar el legítimo derecho a pertenecer o no y a creer o no. Ese derecho se nos sigue complicando. Así, forzamos al otro a seguir siendo parte de nuestro país, aunque él y otros millones no lo  deseen. Invocamos a la historia y a la economía para intentar explicar lo bien que nos ha ido juntos. Si podemos considerar juntos el estar bajo obligación. Lo mismo pasa con la religión y la fe. Aún a millones de niños se les “bautiza” a los pocos días de nacidos. Cosa teológicamente inválida, pues el bautismo debe ser voluntario. Y al bebé nada más nadie le pide opinión. Así que será católico porque es la religión que le heredaron los abuelos y sus padres. Aunque tampoco el universo cristiano es distinto ni más abierto. No. Los cristianos no católicos igual y no bautizan  bebés, pero si presionan a sus niños y a sus jóvenes a seguir el credo de los padres. Y es una maldición si un hijo decide no tener las creencias de los padres. Es una deshonra, al menos así lo ven. No exagero si digo que hay padres que consideran muerto al hijo que se llega a casar con algo que no es de su religión. En plena era de la robotización nos comportamos como primates.

Por eso pienso que bien deberíamos respetar un principio bastante antiguo, pero eficaz: el libre albedrío. Que cada quien sea, pertenezca, crea, viva, cante, aplauda y tenga lo que se le plazca. Que el único límite sea el derecho del semejante. Así de fácil.

Lo reafirmo mientras veo a la Guardia Nacional de españa golpear a ancianas catalanas.

Pues eso.

Casi nueve años juntos

Cualquier marxista diría que soy un “pequeño burgués  porque me aferro a un bien material. Y aquí es justo donde me adentro en una especie de encrucijada intelectual. Yo soy marxista, pero también actor. Y sabido es que los marxistas -más los marxistas-leninistas- no suelen ver con buenos ojos al arte, sobre todo a la actuación. Y es que el arte es inútil, porque no satisface ninguna de las necesidades básicas del ser humano. Luego entonces a él solo acceden los burgueses, no la clase proletaria. Ya vendrían los leninistas y los soviéticos a inventar e implantar su versión del arte, que no era otra cosa que propaganda política que, según ellos, “emancipaba al proletariado”. Cualquier cosa que eso significara. Lenin, hay que decirlo, tenía unas ideas bastante cavernarias con respecto al arte. Si alguien lo duda, puede visitar cualquier librería de viejo y adquirir el libro El Arte y la Revolución, que publicó la editorial Progreso.

Pero no es Lenin de lo que quiero hablar, sino acerca de esos objetos que se hacen entrañables en la labor nuestra -o mía en este caso-. El actor es un tipo sensible, eso es sabido, pero también es de manías, rituales y cábalas. Algunos nos encariñamos con ciertos objetos, tanto que los usamos por mucho tiempo. Ciertos zapatos, cierta borla, una gorra, una peluca, etc. Para nosotros son objetos muy entrañables y que se ganan nuestro cariño. Por eso duele mucho cuando alguno se nos extravía.

Todo esto viene a cuento porque el sábado pasado después de una función, mi hijo y yo paramos a comer en un lugar. Por estar platicando olvidamos una bolsa pequeña donde venían cosas muy entrañables para mí. En especial una que casi tenía nueve años conmigo. Fue mi compañera en más de 1500 presentaciones, no es poco. Viajó conmigo y tiene un significado especial porque me la regaló mi hijo cuando era apenas un niño.

Estoy triste, sí. Pero también muy agradecido con esa fiel compañera. Gracias por estos casi nueve años juntos.

La generación cansada

En una  plática, mi esposa me comentaba que un joven le confió que a sus 20 años ya se sentía cansado. Así, tal cual. Cansado. De qué, quizá de todo, de la vida, del clima, de la política, tal vez hasta del amor… o de su ausencia. El caso es que lo dijo así. Mi esposa, que tiene una facilidad increíble para comprender a las personas, se soprendió de lo que este joven le acababa de decir. ¡Cansado a los 20! a la edad en que los de otras generaciones nos queríamos comer el mundo, hacer una revolución, enamorar a todas las chicas o bailar todas las canciones. 20 años es muy pronto para desear tirar todo al bote de la basura. Quizá se renuncia a un sueño cuando por más que nos esforzamos,  no obtenemos lo que anhelamos. Pero a los 20, los sueños apenas están brotando. Esta generación es muy privilegiada en comparación a las anteriores, pero como dice el chiste moderno:  está generación, definitivamente no hallará la cura para el cáncer. Y no lo hará porque es apática, insensible y fría. Nada les emociona, nada les contenta, nada les sorprende. No tienen una base muy espiritual, de hecho no ven  necesario creer en algo, luego entonces no tienen fe. El movil o la tableta les aburre, siendo que es la ventana a el conocimiento abundante e inmediato que los de otras generaciones ni siquiera imaginamos. Yo estaba hecho cuando encontraba un caset en el que podía grabar dos horas de música. Y me sentía importante cuando  mis amigos me pedían que les grabara un caset con música de mi colección. Ahora ni siquiera tienen que hacer eso. Abren Spotify y me miran como a una reliquia.

Y para finalizar he de decir que pensando un poco, llego a la conclusión de que es lógico que este joven y su generación se sientan así. Todo lo tienen fácil e inmediato. Ya hasta la diversión la tienen a su placer. No tienenqué esperar una progrmación. Pero como nada es gratis. Toda esa comodidad es a cambio de su estado emocional.  Esta generación es más deprimente que las anteriores, estresada y solitaria. Están, sí, quizá con papá y mamá. Pero en un pequeño mundo aparte, extraviados. Viajan en la soledad que les proporciona un equipo electrónico, unos audífonos y una red social. Después de medio reír con los memes de moda, se pierde el entusiasmo por vivir. Al menos eso piensan estos jóvenes-viejos de apenas 20 años.

El payaso del circo

El payaso del circo

Para mi pequeña Katy, para que siempre sonrías

Simplemente estaba harto. ¿De qué? Pues de todo. Del día, pero también de la noche. Estaba harto. Nadie le había preguntado nada. Nadie. Pero tenía que hacerlo. Tenía que vivir así y con toda esa gente. Haciendo todas esas cosas que conformaban una rutina que él asumía asfixiante. Nadie nunca le dijo ¿Quieres? Prueba y si te gusta… nadie. Desde que él recuerda, desde que tiene uso de razón. Así ha sido todo en su vida, di esto, aprende aquello, camina hacia allá, ahora hacia acá; pero no lo hagas así, hazlo como sabes. Parece que no te gustara. Mira que eres afortunado, porque haces lo que sabes y además te gusta. ¿Pero de verdad era así? ¿Le gustaba? ¿Lo había elegido? ¿Sabía hacerlo? Muy de mañana, cuando apenas y los rayos de sol aparecen tímidos, él salía al campo a mirar a los paseantes. Algunos iban de prisa, otros no. Ponía especial atención a los que se entretenían a platicar o a dar los buenos días. A veces un predicador tempranero lo abordaba. Le gustaba escucharlo. No compartía su modo de enseñar, pero no le parecía tan mala la idea de hacer saber a otros las creencias personales. No podía quedarse mucho tiempo a observar a las personas, pues alguien salía a su búsqueda. Le silbaban o le tocaban el hombro. Eso era más que suficiente para saber que había que volver y empezar la jornada como siempre.

Tenía 30 años y no tenía ni novia, ni educación, ni proyectos futuros. Muchas ilusiones sí. Pero aquí sería imposible llevarlas a cabo. Él no quería ser aquello que era, para lo que lo habían predispuesto y enseñado. Porque, modestia aparte, todos decían que era muy bueno. Como su padre, tanto mejor, como su inolvidable abuelo. Toda una leyenda. Todo un mito. Cada tarde o noche, carretadas de aplausos y salida en hombros, como si fuera torero. Y de las matinés, ni hablamos. Baste recordar las caras de felicidad de los niños de aquel tiempo. Los padres, qué orgullosos por poder llevar a ver actuar a esa leyenda escénica. Y es que quizá no habría mucho pan por culpa de la guerra. Pero el circo era una especie de tregua entre bandos. Allí nadie se peleaba ni echaba balazos. Se sentaban muy juntos federales e insurgentes. Con esposa e hijos o con la novia del momento. Sí. Su abuelo había sido un gran artista. Ahora todos decían decían que él tenía ese talento. Que incluso su expresión era más refinada que la de la leyenda. Dos o tres años más y alcanzarás tu máxima capacidad interpretativa, le decían y él solo encogía los hombros.

A sus 30 años de edad prácticamente no había sido otra cosa en la vida que payaso. Sí, payaso y heredero de una tradición. Ni menos ni más. Nadie le preguntó nada. Y por qué se lo habrían de preguntar, si en su familia todos eran payasos. Es como cuando en la familia todos son dentistas o abogados. Incluso los hijos e hijas se casan con colegas del gremio.

El payaso de circo es muy distinto del payaso que actúa en teatros o shows privados. Porque el de circo anda todo el día caracterizado. Así que tiene que reír y hacer bromas todo el tiempo. Y caminar con la cadencia que da traer los zapatotes todo el tiempo. Al lugar que llega el circo la gente se acerca, quiere ver a los artistas, saludarlos, hacerse una foto con ellos. Adquirir una promoción para la función de la tarde o noche. Así que el payaso tiene que reír durante todo el día.

Él a veces tenía ganas de estar triste, pero no podía permitírselo, porque nunca había un momento. Tenía que reír. Saludar y hacer mímica. Luego vendrían las funciones, una o dos. Como era la estrella del circo, sus participaciones durante la función eran bastantes. Cuando acababan él quedaba tan cansado, que se iba directamente a dormir, sin cenar.

Quien se dio cuenta de su situación fue una chica trapecista. Ella se lo fue a contar al anfitrión y éste lo habló con todos los artistas en secreto. Y es que no hay peor cosa que le pueda pasar a un circo que un payaso se te enferme de tristeza. Lo platicaron entre todos y se pusieron de acuerdo para no dejarlo solo ni un momento. Así que se turnaron para hacerle compañía. Además, mientras estaban con él le comentaban anécdotas curiosas o algún chiste.

Pero nada parecía funcionar. Era evidente, cada vez más. El domador sabía que para el mal del payaso solo había una cura: que se tomara un descanso y se fuera lejos por un tiempo. A donde no tuviera que estar caracterizado, ni nadie supiera que era un payaso. No sería nada conveniente para todos los del circo, pero había que hacerlo o el payaso se podría morir. Así que habló con todos. Unos estuvieron de acuerdo, otros no, pero al final todos decidieron darle esa oportunidad.

Se lo dijeron al finalizar la segunda función de la noche del jueves: a partir de mañana ya no tendría que caracterizarse, podría andar de ropa común y tampoco actuaría durante un tiempo. ¿Pero por qué? Les preguntó. Queremos que tengas un descanso, nunca lo has tenido y te vendrá bien. Puedes ir a donde quieras, nosotros terminaremos la temporada. Claro que siempre puedes volver. Se despidieron. Las trapecistas lloraron, lo besaron y lo bendijeron. El payaso por fin podría dejar de ser payaso. Se sintió tan inquieto que esa noche no pudo dormir, a pesar del cansancio.

Lo primero que hizo el payaso en su primer día como persona común fue entrar al café que estaba a un costado de la plaza principal del pueblo. Pidió un expresso doble corto y un pan con mantequilla. Saludo a la mesera con un gesto de mímica, la mesera sonrió y él se apenó, pues recordó que no era payaso ese día. Sino… solo él. Compró el diario, un boleto de lotería y se sentó en una banca de la plaza. Dio lo que quedaba de su pan a las palomas. Se dio cuenta que en la bolsa de la camisa llevaba su pequeña armónica, quiso tocarla pero recordó que solo sabía piezas propias del circo y él no era más payaso. Al menos no hoy. Quiso hacer la plática con unos señores que perdían el tiempo parados en la pequeña fuente del parque, pero en cuanto estuvo frente a ellos, no tuvo palabras para abordarlos. Eso nunca le había pasado cuando estaba caracterizado como payaso. Qué distinto ahora.

Para las cuatro de la tarde la realidad es que ya estaba aburrido. Había caminado por todas las calles , probado las comidas de los negocios. Ya había entrado a la iglesia. Fue como a las seis que se le ocurrió la idea de volver al circo, pero como espectador. Nunca había acudido a una función así. No sabía lo que era pagar un boleto, sentarse y esperar la tercera llamada y aplaudir.

En la taquilla no lo reconocieron ni en el acceso. Estaba formado cuando vio que unos de los del staff, se subió a un banco alto y con megáfono en mano anunció que por causas de fuerza mayor esa noche no se presentaría el payaso… que a cambio el boleto que habían adquirido sería válido por dos funciones. La desilusión fue general. Algunos niños lloraron y no hubo forma de que sus padres pudieran quitarles la tristeza. Ni comprándoles un algodón de azúcar o un juguete. Había personas que se lamentaban por no haber acudido uno o dos días antes. Y es que había gente que iba desde lejos. Unos por ver sí era verdad que este payaso actuaba tan bien como su abuelo. ¿Y cuándo actuará de nuevo? Preguntó alguien. No sabemos eso, no podemos dar una fecha. Lo sentimos tanto como ustedes.

Ante tanto desánimo y tristeza, el payaso se sintió lo peor del mundo, el ser más vil y cruel del mundo. ¿Quién se creía él para provocar tanta tristeza? Caracterizado de payaso, provoca alegrías, pero así. Sin darse cuenta ya estaba llorando. No podía soportar ver todas esas caras llenas de tristeza.

De pronto echó a correr por la parte de atrás del circo. Entró a su habitación sin que nadie se diera cuenta. Tomó su vestuario, apresurado se lo fue poniendo. Buscó el maquillaje, fue poniendo sobre su cara la base, luego el blanco, el rojo difuminado y todo lo fijó con un poco de talco. Puso la nariz roja. Estaba nervioso, por primera vez en su vida, sentía ese nervio que sienten todos aquellos que se presentan ante un público. Se colocó la peluca y por último los zapatotes blanco con negro nuevos y que no había estrenado. Salió al encuentro del público. Sus compañeros del circo que intentaban consolar al público, lo miraron asombrados. Unos niños que lo vieron gritaron: ¡allí está! Entonces el payaso pidió prestado el megáfono y pidió disculpas al público por la demora. Hoy la función es aquí, al aire libre, si me permiten mis compañeros. La gente se sentó en el campo y los asistentes del circo, apresurados trajeron bocinas y micrófonos. El payaso entonces tomó su armónica y tocó con ella las piezas circenses que de niño aprendió y que lo habían acompañado durante toda su vida. Sentado allí, en el banco alto, miró los rostros de su público, en especial de los niños y niñas. Grabó sus sonrisas en su mente y juró por la memoria de su abuelo y su padre que nunca más abandonaría su profesión de payaso. Entendió que en este mundo así como hay médicos, bomberos o predicadores, también hay payasos que hacen feliz la vida de las personas y que si los payasos abandonan su labor, nadie podrá venir a hacerla.

Correr: día 11 (y 12)

Por mucha intensidad que se quiera poner a un entrenamiento,  el descanso no puede excluirse. Porque más allá de que el cuerpo debe reponer las fuerzas. También debe asimilar el entrenamiento al que ha sido sometido, y esto solo se consigue haciéndolo descansar. Pero aquí es donde el corredor amateur -y el recreativo- se confunde. Descanso no significa ir a echarse a la cama sin apenas moverse. No. Descanso significa hacer estiramientos suaves, alguna caminata o salida en bicicleta. Algún masaje.

Después de un día de descanso, se puede hacer  una sesión de velocidad o fartlek porque elcuerpo está descansado. Todo depende la carrera que se esté entrenando. En mi caso, al faltar tan poco para el maratón, Prefiero rodajes suaves, no quiero que la rodilla me moleste como el año pasado.

Esta semana inicio el entrenamiento de correr 5 medios maratones en 6 días. Es la parte más dura de mi poco recomendable entrenamiento de apenas un mes antes del maratón CDMX.

Mucha gente se preguntará qué necesidad de pasar por todo esto. Les puedo responder que como haber,  no hay ninguna. Solo un enorme placer por correr. Para entenderlo, hay que ponerse las  zapatillas y correr.

 

Correr: día 10

La lluvia que no fue.

Salí a correr por la tarde, casi noche. Según el servicio meteorológico nacional, iba a llover por mi ciudad. Pero ya sabemos que la tradición es que fall el pronóstico. Así que no llovió y yo sigo sin estrenar mi chamarra para correr en la lluvia. Pero no, la lluvia se encaprichó y decidió no salir.

Ayer vi un video de un colaborador de la empresa que hace relojes para corredores. En el video  comentaba algo que es cierto: si no se entiende bien cómo es que trazan el recorrrido del maratón, lo más seguro es que estemos corriendo muchos metros de más. La cosa no está, según él, en seguir la línea azul que pintan sobre todo el recorrido, sino siempre correr sobre el lado que prepresente la distancia más corta, pues esa lógica siguen los que miden la distancia que debe ser avalada. Así las cosas. Muchos cometemos el error de rebasar una y otra vez, en lugar de marcar un paso. Pues mal, porque lo que estamos haciendo, además de no llevar un ritmo, es correr muchos más metros que los que tiene la distancia del maratón.

En el running siempre tenemos un largo camino por aprender. Sin duda.

Correr día 9

Noveno día de entrenamiento, sin faltar  a correr uno solo. La apuesta da sus frutos. No me siento ni cansado ni  débil de las piernas. He ganado notablemente capacidad pulmonar. Ya puedo enfrentar las cuestas sin problema,  incluso acelero de manera notable. He reforzado los estiramientos. Sin llevarlos a la exageración. Paso el mayor tiempo posible o descalzo o con huaraches.

Hoy corrí 14 kilómetros por debajo de 5 mins por kilómetro. Ya no es un trote coqueto, sino más dinámico. No sentí cansancio. Pude haber dado otra vuelta de 4 kilómetros sin problema, incluso  dos. Pero no quiero salirme del plan que tengo. La próxima semana serán los 5 medios maratones en 6 días.

Mientras corro voy pensando en los libros que pacientes me esperan para ser leídos. Tengo que ponerme a mano con el desafío de lectura de este año.