El resplandor de Damasco

Pedro Miguel Lamet ha nombrado así su novela cuyo personaje estelar es Saulo de Tarso, que luego sería conocido como Pablo, la versión romana de Saulo. La novela histórica El Resplandor de Damasco es la visión de un jesuita sobre la vida, obra y ministerio del “apóstol a las naciones”. Una visión un tanto incrédula sobre la conversión del evangelizador más dinámico y cosmopolita del pentecostés en adelante. Es como si Pedro Miguel en su intención por contarnos una historia, se quisiera desprender de su haber teológico. No veo por qué. Es evidente que la gran mayoría de los que leemos esta novela lo hacemos a partir de creencias. Negar el suceso de la conversión de Saulo, es negar que Cristo se le apareció en el camino; que le dijo: me eres un vaso útil. Es nulificar la fe. Si todas las cosas para Dios son posibles a través de Su Espíritu Santo y con Cristo como emisario, ¿por qué pensar que Saulo por sí mismo sería capaz de llevar a cabo la magnífica obra evangelizadora que emprendería? Saulo era un hombre bastante ilustrado en la ley judía, pero precisamente este alto conocimiento de la ley era lo que lo hacía fracasar en su afan por agradar a Dios. Él mismo lo explica en la carta a los Gálatas.

Pero he de decir que no obstante esa ausencia de fe. La novela cumple el cometido de acercarnos a una de las más fascinantes vidas.

Cristo sabía que la obra de extender el evangelio al mundo no la podían cumplir Pedro o Juan, pilares de la congregación, así reconocidos por Pablo. Ni su propio medio hermano Santiago, porque no es sino hasta la muerte del maestro, que Santiago abraza la fe.

Pablo tenía el corazón ardiente que no tenían los 11 apóstoles que acompañaron a Cristo en su ministerio. Por eso es muy correcto que el autor reconozca a Pablo como El Resplandor de Damasco.

Como ovejas sin pastor

Cuánta razón tenía el humilde nazareno cuando hace dos mil años dijo que miraba a las personas “desparramadas como ovejas sin pastor”. Y es que solo es de mirar de nuevo las escenas en video de los últimos acontecimientos, sobre todo en el mundo católico, para darnos cuenta que lo que dijo Cristo es más vigente hoy que nunca.

Si uno mira aquellos rostros se llevará la impresión somera de que están llenos de fe, pero si analizamos un poco más a detalle nos daremos cuenta que no es fe sino esperanza. Esperanza en un salvador terrenal, un aliviador de penas terrenales. O sea, que aunque se digan cristianas, estas personas siguen esperando a un salvador, a un Cristo porque el que dio su vida hace dos mil años por el perdón de los pecados de todos no es suficiente para ellos.

Por eso esperan, ahí, en la plaza vaticana, en una ciudad en la que el clero católico jura y perjura que se instituyó, por Pedro, la iglesia de Cristo.

De una centena de hombres tan pecadores como cualquiera de nosotros saldrá el que llaman “vicario de Cristo”. Será elegido en lo que es la cumbre de todos las conspiraciones, envidias y rebatingas y que han dado por llamar “cónclave”. La multitud en la plaza no parece esperar al nuevo representante de Cristo -según ellos, siempre según ellos-, sino más bien parece que acuden a un concierto de Lady Gaga o alguna otra celebridad.

La televisión vaticana hace una producción que bien le pueden envidiar las productoras de eventos tan importantes como el Super Bowl o los Juegos Olímpicos. Cámaras que enfocan cada aspecto de la espera, no dejan nada, ni dan nada por descontado. Si una monja llora, ahí estará una cámara de la tv vaticana para transmitirlo a full hd a todo el mundo.

No deja de sorprenderme la fuerza del evangelio de ese hombre de Galilea. Y como han servido hasta para lucrar con ellas. Cómo es que se han distorsionado para ajustarlas para dar validez a tanto abuso.

No me queda la menor duda que si Cristo descendiera a la tierra y caminara por la plaza de la basílica de san Pedro en el Vaticano sería echado de ella. Pues su sencillez y humildad no empataría con el lujo y la suntuosidad. 

Tampoco sería amado por la multitud que aguarda, pues ésta espera a otro tipo de guía. Como al que gustan de llenar de lujo, de oro y de joyas. Como a cada papa, por ejemplo.