EU también es región 4

Estados Unidos es muchas cosas. Una gran extensión de terreno,  tierra de emprendedores, de gente trabajadora, de innovadores en los campos de la ciencia y la investigación; ciudades modernas y con servicios públicos adecuados… pero también es cuna del pseudo cristianismo puritano, que es racista. También es Estados Unidos el lugar de la intolerancia, de hipocresía en cuanto a las drogas; de la soberbia de sentirse con el mandato divino de arreglar el mundo… y en ese andar demuestran que también padecen de los mismos males que el tercer mundo o región 4, para ponerlo en términos más modernos.

Su flamante nuevo residente se pelea con todo mundo, es como los dictadores o autócratas de latinoamérica que manotean y gritan a la menor provocación. La nueva administración está llena de incompetentes -su presidente es un hombre de negocios que se ha ido a la quiebra ¡siete veces!- que desconocen protocolos y formas; inventan masacres, amenazan con apuntar nombres de las naciones que no estén con ellos. Vamos, esas cosas ni Videla, ni Pinochet, ni Trujillo.

El país que más se ha beneficiado con la globalización, tiene a un gobierno que la maldice, que la odia y se avergüenza de ella. Ellos, que han tomado los beneficios por la buena o por la mala, se dicen abusados por países como México.

Siempre he creído que la historia de Estados Unidos es como una película, pero ahora creo además que es una de esas infames de serie b. Lo que acá conocemos como churro. Los ciudadanos estadounidenses no saben ni cómo se metieron en eso, y peor aún, no tienen la menor idea de cómo salirse.

Hay los que dicen que no llega a 10 meses en el poder, hay otros que dicen que solo serán 4 años.

A saber.

La violencia la tenemos en alta estima

Nos gusta la violencia, la amamos, nos parece atractiva, la presumimos, nos regodeamos de ella y con ella. En los estadios, en las calles, en los mercados, en el transporte público, aun en las iglesias. Nos encanta decir: como México no hay dos y viva México cab… con ese dejo de altanería, que es violencia, por delante. Porque al que piense distinto, le partimos la cara o al menos eso decimos. De nuestros héroes favoritos Pancho Villa sobresale, por, claro está, ser el más bravucón. El que se brincó el charco y atacó a Estados Unidos. Ese sí era valiente, decimos. Y por ahí nos seguimos, porque nos embelesamos con las películas de charros que entran a balazos a las cantinas a beber tequila. Se magrean a las muchachas, son simpáticos, generosos y bien machos. La televisión, no se queda atrás, nos muestra a los narcos en su versión metrosexualizada, pero igual de violentos. Los niños y jóvenes no quieren ser científicos ni economistas, sino narco y galán, como el de la tele. Y las muchachas no aspiran a ser doctoras, sino a ser la mujer del narco al que ven todas las noches en canal 2 o 9. La violencia la llevamos hasta a las actividades recreativas. Llevamos a los hijos a jugar futbol y les gritamos e insultamos porque no tocan el balón como nosotros queremos. Así las cosas, nos gusta la violencia. Es nuestra adicción, pero como toda adicción, cada vez es mayor y más grave.

Hay naciones que en su himno enarbolan sueños de paz, de libertad y fraternidad, de amistad. No el nuestro. Nuestro himno llama a la guerra a cada hijo de la patria. Y presumimos que nuestro himno es el más hermoso de todos. Ese mismo que incita a la guerra, que es violencia. Y al que diga que no es así, le amenazamos con romperle la cara.

Los muertos

Los mexicanos tenemos una fascinación por la muerte. No guardamos el respeto que otras culturas le muestran o el temor que en regiones como España ejercen. Los mexicanos «nos burlamos» de la muerte, nos reímos con ella y de ella, nos gusta alardear. Pintamos calaveras, las hacemos de azúcar o chocolate y nos las comemos. Las escribimos en forma de verso, como sátira, para burlarnos del político que nos roba, el rico que nos explota o al artista que admiramos. Se nos hace gracioso vestir a nuestros niños con disfraz de esqueleto y a las niñas de «catrinas». Vamos al panteón a «visitar a nuestros muertos». Les llevamos de comer, les contratamos al mariachi o al grupo norteño y pedimos que les toquen las canciones que en vida les gustaban. Ponemos ofrenda en nuestra casa, pues los muertos vendrán a comer. Primero los niños y luego los adultos. Mientras estén los muertos, nadie puede tocar nada de la ofrenda, pues los muertos pueden enojarse. Al menos eso nos dicen los adultos cuando somos niños.

El problema es que si como sociedad amamos la muerte es porque quizá odiamos un poco la vida, que es lo opuesto. Por más que a la muerte la presentemos como festiva y alegre, la realidad es que no es así. Es dolorosa, muchas veces cruel y siempre injusta. Nadie debería morir.

La vida es lo que deberíamos celebrar, no la muerte.

Este culto ancestral por la muerte tiene gran culpa en la era violenta que como país enfrentamos. Esta fascinación por la muerte minimiza la fatalidad, hace creer que la vida es algo insignificante y que vale la pena vivir en riesgo pues «todos vamos a morir algún día».

Hace miles de años, un hombre muy sabio dijo que era mucho más importante el día de duelo que el de fiesta. Se refería a que en el día del duelo podemos reflexionar sobre la importancia de la vida.

Papa Francisco visitará México

Dos veces lo invitó el presidente Peña Nieto y dos veces don Francisco -el llamado papa, no el presentador chileno- se mostró evasivo. Cordial, pero evasivo. Dicen que aquellas veces rechazó la invitación porque él quería visitar ciertas zonas del país que resultan algo incómodas para el gobierno. ¿Tlatlaya? ¿Iguala? No lo sabemos. También se dice que quería realizar más o menos el mismo recorrido que hacen los migrantes que viajan en el tren de carga mejor conocido como “la bestia”. Suena creíble, si tomamos en cuenta que este papa muestra mucha empatía por los migrantes de todo el mundo.  Debo advertir al lector que yo no soy católico, nunca lo he sido, ni lo seré, pero simpatizo con muchas cosas buenas que hace la iglesia católica por el mundo, como las misiones de caridad. Hay otras cosas que no me gustan mucho, pero eso no es la razón d emi texto. Así que volviendo al tema, debo decir que a mi me da mucho gusto que venga. Más allá de ser el líder de cientos de millones de católicos, es un hombre bien intencionado, honesto, sencillo, de pensamientos y razonamientos muy profundos y que logra aterrizar para que la mayoría que lo escuchamos o leemos, lo podamos entender. Eso siempre se agradece. Además de espontáneo, es un ministro que sabe vivir de acuerdo a los tiempos. No relaja la doctrina -o enseñanza, como le llamamamos los que no somos católicos- por ser popular. Más bien la explica para las nuevas generaciones. Como Cristo explicó a sus discípulos lo que los profetas, siglos atrás habían dicho. Lo repito.  A mí me da gusto que venga.

Los políticos son esa mala carroñera que busca sacar ventaja de cualquier cosa, hasta de una visita pastoral. Ya podemos ver a los líderes del senado y de la cámara de diputados peleándose por dónde debe presentarse el papa, si en la cámara de diputados o en la de senadores. Digo, con tantos pendientes en ambas cámaras, y estos señores ocupándose de una logística que no les compete. Aparte, que yo recuerde, ellos son los representantes de una nación que en su constitución se reconoce laica. Pero así son las cosas con los políticos. Yo me pregunto: ¿el papa podrá beber de esa copa?

Estoy seguro que hablar ante políticos es una de esas cosas que se le indigestan a este papa. Qué barbaridad, es muy seguro que tenga que ir a hablar a la cueva de Alí Babá.

Respetémonos (que no es poco)

“Sigan con el ojo por ojo, y pronto todos seremos tuertos”. -Mahatma Gandhi

En el libro del Apocalipsis –que en español significa Revelación- se habla de cuatro jinetes. Uno de ellos clama por un poco de alimento a cambio del sueldo completo. La versión mexicana quizá pida menos que eso, pero más difícil de otorgar: respeto.

Los ciudadanos de este país tenemos profunda escasez de respeto. Pasamos por encima de todos y de todo, sin importar a quien molestamos o perjudicamos. Cerramos avenidas, autopistas, calles, sin apenas mediar en los daños y las afectaciones que causemos a personas que no nos la hicieron, pero que son los que irremediablemente la han de pagar.

Aquí estamos todos y cabemos y seguimos, solo porque la gracia de Dios es grande. Algunos, los resentidos de todo y por todo; los que acuden a la bola sin saber a qué van; los abajofirmantes, señores feudales de la sapiencia y la razón; los que justamente protestan pero yerran en la estrategia. en fin.

Algo tenemos que hacer como sociedad que aspiramos ser. Hace tiempo nos preocupaba ser un estado fallido. No vayamos tan lejos. Mejor ocupémonos por no ser seres humanos fallidos, carentes de todo respeto y dignidad.

Porque el que no sabe respetar el entorno que le rodea se está inmolando y no se da cuenta.

Pues eso.