De la independencia

Decía con justa razón, don Pío Broja que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. Es verdad. El nacionalismo es rancio, anticuado, rigorista y retardatario. Ningún nacionalismo ha aportado algo bueno a la humanidad. Por el contrario. Los nacionalismos van contra la integración, el desarrollo y la mejor solidaridad de la humanidad. Yo estoy contra el término nacionalismo, como lo estoy contra el concepto de religión. Pero así como no es lo mismo tener fe que ser religioso. Considero que no es lo mismo ser nacionalista que anhelar la independencia. Apenas asomamos la cabeza y deseamos ser independientes. Sí, desde nuestra incipiente adolescencia ya no queremos que nuestros padres nos dicten lo que debemos hacer. Es cierto que no estamos en edad para tomar decisiones, pero esedeseo ya se ha incubado en nuestros pensamientos. Y tarde o temprano partiremos. Dejaremos la casa, la familia y nos tomaremos nuestra vida al cien. Lo mismo pasa con las comunidades. Y esto debería entenderse más claramente en estos tiempos en los que se han otorgado, como nunca antes, las libertades amplias a los ciudadanos en muchos lugares. Ya en otro post dije que en esta vida todo sería más simple si cada quien fuera lo que deseara. Nos iría mejor si lográramos entender que somos diferentes y que no podemos tolerarnos a rajatabla. Es más, tenemos que buscarnos otra palabra, otro término para la coexistencia. La tolerancia se debe ir a la basura, porque tolerar es decir: me caes mal, no te soporto, pero te tengo que tolerar, es decir, aguantar. La tolerancia es una olla de presión que a cada tanto nos explota, mostrando  cuánto estamos errados.

El pasado terremoto en México nos muestra como cuando nos olvidamos de las banderas, en este caso políticas y actuamos como lo que somos, seres humanos, somos solidarios, fraternos, empáticos, misericordiosos.

Piqué es el nuevo Ringo

No es el tipo que en el campo de juego haga la proeza que lleve al triunfo al equipo. No es el jugador caprichoso que con una jugada de fantasía haga olvidar a la tribuna sus desdenes y parrandas. No. Tampoco un crack, ni el que se asume de líder a base de dureza y tesón. No. No es un Puyol o un Iniesta. Piqué anda más por ser un “Ringo Star” en las filas del Barcelona que otra cosa. Difícil figurar en una orquesta futbolera repleta de puros fuera de serie. A menos que vayas por ser el tipo buena onda y te hagas de la chica con las caderas más famosas del mundo. Entonces sí que opacarás -o tu ahora esposa- a las mega estrellas como Messi. Recuerdo aquella bandera monumental que una vez colgaron los del bando rival en un partido y que decía: Shakira es de todos.  Desde luego que el texto iba  con bastante jiribilla. Pero es una muestra de cómo la chica de Piqué opacó a las figuras del equipo catalán. Solo así, un tipo como Piqué puede jalar los reflectores para sí.

Otra forma es si como catalán, está a favor del independentismo. Entonces será muy popular y el respetable le mostrará su apoyo en cada juego de local.  Así Piqué, un jugador promedio, será uno de los más populares del mejor equipo del mundo. La cosa será un tanto cuanto complicada porque Piqué, idependentista y catalán, no ve problema alguno en jugar en la selección nacional de ¡España! sí, de la nación de la que quieren dejar de pertenecer. Dice que él no ve problema en ello. Quizá nadie le ha mostrado los requisitos para ser jugador de una selección. Uno de ellos es ser ciudadano de esa nación. Él está por la idependencia de Catalunya, lo cual es válido y respetable. Pero aquí hay algo que no cuadra. Cristiano Ronaldo no puede jugar con España porque es Portugues. Mañana martes quizá se declare la independencia de Catalunya. Con esta declaración los catalanes oficiarán su independencia. Luego entonces ya no pertenecerán a España. ¿Nadie se lo ha dicho a Piqué? ¿Nadie se lo ha explicado? Por mucho que Piqué diga que él no ve problema, pues la realidad es que sí lo hay, porque el club Barcelona dejaría de jugar en la liga española y él tendría pasaporte catalán y no español. Pasaría a ser un extranjero en España.

Con los jugadores de futbol pasa algo parecido a lo que sucede con los boxeadores -salvo honrosasy escasas excepciones-, carecen de los conocimientos mínimos para poder opinar sobre los temas que lo hacen.

Piqué vota en un referéndum en el que el  90% votó a favor de la independencia. Un día después acude a la concentración de la selección española y dice que no ve problema, luego da una conferencia en la que da a entender que él no apoya a los independentistas, siendo que la propia participación en el referéndum demuestra lo contrario. Vamos, que Piqué se trae su propio jueguito.

La gran cadena de corrupción

Es corrupto el político. Eso es quizá hasta una verdad de perogrullo. Pero también lo es el funcionario de medio nivel, el de tercer, el jefe de área, el supervisor, el encargado, el auxiliar y el ayudante. Pronto lo será también el becario. Pero del otro lado nadie se salva. Porque también es corrupto el empresario, su apoderado legal, su gerente, su contable, su director, el jefe de operaciones, el de personal, el de recursos humanos, el supervisor, el jefe de área, el auxiliar, el ayudante y el becario. Cada que tiembla la naturaleza nos obsequia una radiografía de nuestro cuerpo corrupto. Por eso vemos edificios derrumbados y que “no debieron caerse”, pues se supone son regulados y vigilados para que cumplan con estándares de construcción y calidad, para que resistan terremotos de cierta intensidad. El pasado 19 de septiembre se cayeron algunos edificios viejos, pero muchos nuevos, algunos recién estrenados. También escuelas. Llama la atención que se hayan derrumbado instalaciones del Tec de Monterrey en la CDMX. Siendo que esta escuela es especialista en formar ingenieros.

¿Cuántos ingenieros, arquitectos, etc, andarán sueltos por la ciudad, sin los conocimientos necesarios para llevar a cabo obras como las que se cayeron? Otro ejemplo es el socavón del paso exprés. ¿Cuántos encargados de obra se enriquecen, al igual que los contratistas, por comprar material barato y de mala calidad? No pocos.

Quizá nuestro error sea pensar que el 19 de septiembre de 1985 nos quedaba bastante lejos ya, tan lejos que sería irrepetible. La naturaleza nos demostró lo contrario. Los corruptos están en el festín, disfrutando de lo que malamente ganan. Pues ahora deben beber la copa amarga de ser los culpables de las muertes del temblor. Sí, esa también es su ganancia.

 

Nada se debería imponer

Al tiempo que veo las imágenes de la represión que el gobierno de Rajoy ha llevado a Catalunya, veo en la televisión un streaming que habla de la fe. En realidad de la fe a la antigua, esa que se imponía a la fuerza a los hijos, antes. Pero aún ahora. Como sociedad hemos tenido avances maravillosos en la tecnología y en las distintas ciencias. Han ido mujeres y hombres al espacio y las comunicaciones ahora son instantáneas desde y para cualquier parte del mundo. Pero no hemos Aprendido a respetar el legítimo derecho a pertenecer o no y a creer o no. Ese derecho se nos sigue complicando. Así, forzamos al otro a seguir siendo parte de nuestro país, aunque él y otros millones no lo  deseen. Invocamos a la historia y a la economía para intentar explicar lo bien que nos ha ido juntos. Si podemos considerar juntos el estar bajo obligación. Lo mismo pasa con la religión y la fe. Aún a millones de niños se les “bautiza” a los pocos días de nacidos. Cosa teológicamente inválida, pues el bautismo debe ser voluntario. Y al bebé nada más nadie le pide opinión. Así que será católico porque es la religión que le heredaron los abuelos y sus padres. Aunque tampoco el universo cristiano es distinto ni más abierto. No. Los cristianos no católicos igual y no bautizan  bebés, pero si presionan a sus niños y a sus jóvenes a seguir el credo de los padres. Y es una maldición si un hijo decide no tener las creencias de los padres. Es una deshonra, al menos así lo ven. No exagero si digo que hay padres que consideran muerto al hijo que se llega a casar con algo que no es de su religión. En plena era de la robotización nos comportamos como primates.

Por eso pienso que bien deberíamos respetar un principio bastante antiguo, pero eficaz: el libre albedrío. Que cada quien sea, pertenezca, crea, viva, cante, aplauda y tenga lo que se le plazca. Que el único límite sea el derecho del semejante. Así de fácil.

Lo reafirmo mientras veo a la Guardia Nacional de españa golpear a ancianas catalanas.

Pues eso.

Elogio de la actuación

El próximo año cumpliré 30 como actor. Desde niño aprendí uno de los oficios más “inútiles” que existen, pero también uno de los más enriquecedores. En estos casi 30 años de andar, de actuar, he visto innumerables rostros, miradas, lugares, caminos, etc. He sido aplaudido, reconocido, fustigado, amenazado, y discriminado. Sí, discriminado por aquellos que han infravalorado esta hermosa profesión. En pleno siglo XXI hay quien piensa que la actuación no es un “trabajo”. Hay gente que al saludarme, por ejemplo, se sorprende porque no tengo callos en las manos. “Las tienes de señorita”, me dicen y en seguida preguntan: ¿qué no trabajas? Claro que trabajo, pero mi trabajo no requiere que me ensucie las manos, ni me corte ni me queme  ni me salgan callos. Respondo un tanto molesto después de tantos años de escuchar cuestionamientos similares. Por otro lado, como el actor debe mantenerse en forma, hay que hacer algo de ejercicio, en mi caso running. En el caso de correr, si lo haces de forma disciplinada y cuidas la alimentación, estarás en buena forma, delgado. Esto siempre lo agradece la actuación. Pero los amigos y los conocidos o con los que platicas, te dirán que eres vanidoso.  También dirán que eres muy mujeriego. Eso seguro, no falla. Así son en “ese medio”. También borrachos y fiesteros. Algunas  veces a esto he respondido: pues cuando quieras me someto a un exámen, es más, quizá resulte que bebes más que yo.

En mi caso, voy a donde tengo función, actúo y me devuelvo a mi casa, con los míos a cenar o tomar café mientras conversamos sobre cómo estuvo todo. Escucho música y canto esas canciones que me gustan. Antes fumaba tabaco, ahora no. Si tengo carrera o entrenamiento al otro día, preparo mis cosas y pongo a cargar mi móvil y mi reloj y me voy a dormir. No ando de aventurero, de borracho o mujeriego, como algunos piensan.

30 años parecen un suspiro, apenas un halito. Pero no es así. Eso es lo que muestra engañosamente el cristal por el que miramos a la distancia. Hay veces que para actuar hay que sacar el caracter, aguantarse las lágrimas y “no sentir”, para poder cumplir una misión. Por ejemplo: cuando se actúa ante niños de casas hogar, hospitales, niños con cáncer o damnificados de desastres naturales. Aquí es donde verdaderamente se requieren tablas. Aquí es donde te das cuenta que ninguna otra porfesión binda lo que esta. Que eres privilegiado por poder brindar un poco de alegría a estos niños y sus familias y amigos. Entonces descubres que, depués de tanto camino andado, como dice la canción de Alberto Cortez “al abrir mis manos no estaban vacías”. No lo están, ni mi corazón, porque se ha llenado de tantas cosas bellas durante estos casi 30 años.

El mejor medio maratón

Sin duda el mejor medio maratón que se organiza en la CDMX es el que cada año, en la última semana de setiembre -a mi me gusta más así, setiembre, como lo escriben en el sur- se lleva a cabo en las instalaciones del campo militar número 1. Una ruta muy limpia y demandante. Con cuestas y bajadas que representan todo un reto para los corredores, sobre todo para los que acostumbran entrenar en superficies planas. Las diferentes unidades  militares animan a los corredores desde sus posiciones. Algunos dan palmadas de aliento, otros chocan la mano. En el estadio de futbol americano los corredores dan la vuelta a la pista, mientras las jóvenes porristas hacen piruetas en el aire. Para algunos, el medio maratón de la Sedena es más demandante que el Maratón de la CDMX. Para todos es una fiesta que se corona con una medalla y una dona glaseada que sabe a gloria después del recorrido de 21 kilómetros.

La inscripción es de las más peleadas del año. Algunos la llaman “los juegos del hambre” y tienen razón. Pero si nose alcanza número, no pasa nada, pues la ruta bien se puede correr sin él. El chiste es no perderse este evento. Al final todos, con número o sin él reciben medalla si hacen el recorrido completo.

Así que para este domingo hay que prepararse con la ropa para correr, los tenis y una buena playlist.

Casi nueve años juntos

Cualquier marxista diría que soy un “pequeño burgués  porque me aferro a un bien material. Y aquí es justo donde me adentro en una especie de encrucijada intelectual. Yo soy marxista, pero también actor. Y sabido es que los marxistas -más los marxistas-leninistas- no suelen ver con buenos ojos al arte, sobre todo a la actuación. Y es que el arte es inútil, porque no satisface ninguna de las necesidades básicas del ser humano. Luego entonces a él solo acceden los burgueses, no la clase proletaria. Ya vendrían los leninistas y los soviéticos a inventar e implantar su versión del arte, que no era otra cosa que propaganda política que, según ellos, “emancipaba al proletariado”. Cualquier cosa que eso significara. Lenin, hay que decirlo, tenía unas ideas bastante cavernarias con respecto al arte. Si alguien lo duda, puede visitar cualquier librería de viejo y adquirir el libro El Arte y la Revolución, que publicó la editorial Progreso.

Pero no es Lenin de lo que quiero hablar, sino acerca de esos objetos que se hacen entrañables en la labor nuestra -o mía en este caso-. El actor es un tipo sensible, eso es sabido, pero también es de manías, rituales y cábalas. Algunos nos encariñamos con ciertos objetos, tanto que los usamos por mucho tiempo. Ciertos zapatos, cierta borla, una gorra, una peluca, etc. Para nosotros son objetos muy entrañables y que se ganan nuestro cariño. Por eso duele mucho cuando alguno se nos extravía.

Todo esto viene a cuento porque el sábado pasado después de una función, mi hijo y yo paramos a comer en un lugar. Por estar platicando olvidamos una bolsa pequeña donde venían cosas muy entrañables para mí. En especial una que casi tenía nueve años conmigo. Fue mi compañera en más de 1500 presentaciones, no es poco. Viajó conmigo y tiene un significado especial porque me la regaló mi hijo cuando era apenas un niño.

Estoy triste, sí. Pero también muy agradecido con esa fiel compañera. Gracias por estos casi nueve años juntos.

Y en la ciudad llueve

Gente entra, gente sale del metro. No con la urgencia habitual, pero sí con la misma añoranza de hallar un lugar disponible para sentarse. Nada. No hay fortuna para ninguno de los recien entrantes. No va lleno como de costumbre, atascado. No. Pero todo los asientos van ocupados. Un joven que va leyendo le cede el asiento a una anciana que le agradece el gesto. Nadie más. Señoras cargan bebés en los brazos pero nadie les da el asiento. Todos se hacen los disimulados. Hacen como que atienden el móvil o que van durmiendo. Lastimosamente está ciudad es cada vez más indolente, más insensible. Qué le vamos a hacer, quizá piense el joven que cedió el asiento. Lo que tenía, lo he dado. A un niño le da por meter la mano en el empaque de la puerta, justo cuando va a cerrarse y el grito espanta a todos. El incidente hace que el  metro se detenga unos minutos, lo que en el calor humedo se hacen eternos. Y, por supuesto, no hay que olvidarnos de los vendedores ambulantes que en fin de semana caen en cascada. Hay que ganarse la vida, no hay de otra.

Llueve en la ciudad, tarde de sábado de septiembre. La gente no teme a la lluvia sino a los temblores. Así las cosas. En esta ciudad nunca nos aburriremos.

La generación cansada

En una  plática, mi esposa me comentaba que un joven le confió que a sus 20 años ya se sentía cansado. Así, tal cual. Cansado. De qué, quizá de todo, de la vida, del clima, de la política, tal vez hasta del amor… o de su ausencia. El caso es que lo dijo así. Mi esposa, que tiene una facilidad increíble para comprender a las personas, se soprendió de lo que este joven le acababa de decir. ¡Cansado a los 20! a la edad en que los de otras generaciones nos queríamos comer el mundo, hacer una revolución, enamorar a todas las chicas o bailar todas las canciones. 20 años es muy pronto para desear tirar todo al bote de la basura. Quizá se renuncia a un sueño cuando por más que nos esforzamos,  no obtenemos lo que anhelamos. Pero a los 20, los sueños apenas están brotando. Esta generación es muy privilegiada en comparación a las anteriores, pero como dice el chiste moderno:  está generación, definitivamente no hallará la cura para el cáncer. Y no lo hará porque es apática, insensible y fría. Nada les emociona, nada les contenta, nada les sorprende. No tienen una base muy espiritual, de hecho no ven  necesario creer en algo, luego entonces no tienen fe. El movil o la tableta les aburre, siendo que es la ventana a el conocimiento abundante e inmediato que los de otras generaciones ni siquiera imaginamos. Yo estaba hecho cuando encontraba un caset en el que podía grabar dos horas de música. Y me sentía importante cuando  mis amigos me pedían que les grabara un caset con música de mi colección. Ahora ni siquiera tienen que hacer eso. Abren Spotify y me miran como a una reliquia.

Y para finalizar he de decir que pensando un poco, llego a la conclusión de que es lógico que este joven y su generación se sientan así. Todo lo tienen fácil e inmediato. Ya hasta la diversión la tienen a su placer. No tienenqué esperar una progrmación. Pero como nada es gratis. Toda esa comodidad es a cambio de su estado emocional.  Esta generación es más deprimente que las anteriores, estresada y solitaria. Están, sí, quizá con papá y mamá. Pero en un pequeño mundo aparte, extraviados. Viajan en la soledad que les proporciona un equipo electrónico, unos audífonos y una red social. Después de medio reír con los memes de moda, se pierde el entusiasmo por vivir. Al menos eso piensan estos jóvenes-viejos de apenas 20 años.

El payaso del circo

El payaso del circo

Para mi pequeña Katy, para que siempre sonrías

Simplemente estaba harto. ¿De qué? Pues de todo. Del día, pero también de la noche. Estaba harto. Nadie le había preguntado nada. Nadie. Pero tenía que hacerlo. Tenía que vivir así y con toda esa gente. Haciendo todas esas cosas que conformaban una rutina que él asumía asfixiante. Nadie nunca le dijo ¿Quieres? Prueba y si te gusta… nadie. Desde que él recuerda, desde que tiene uso de razón. Así ha sido todo en su vida, di esto, aprende aquello, camina hacia allá, ahora hacia acá; pero no lo hagas así, hazlo como sabes. Parece que no te gustara. Mira que eres afortunado, porque haces lo que sabes y además te gusta. ¿Pero de verdad era así? ¿Le gustaba? ¿Lo había elegido? ¿Sabía hacerlo? Muy de mañana, cuando apenas y los rayos de sol aparecen tímidos, él salía al campo a mirar a los paseantes. Algunos iban de prisa, otros no. Ponía especial atención a los que se entretenían a platicar o a dar los buenos días. A veces un predicador tempranero lo abordaba. Le gustaba escucharlo. No compartía su modo de enseñar, pero no le parecía tan mala la idea de hacer saber a otros las creencias personales. No podía quedarse mucho tiempo a observar a las personas, pues alguien salía a su búsqueda. Le silbaban o le tocaban el hombro. Eso era más que suficiente para saber que había que volver y empezar la jornada como siempre.

Tenía 30 años y no tenía ni novia, ni educación, ni proyectos futuros. Muchas ilusiones sí. Pero aquí sería imposible llevarlas a cabo. Él no quería ser aquello que era, para lo que lo habían predispuesto y enseñado. Porque, modestia aparte, todos decían que era muy bueno. Como su padre, tanto mejor, como su inolvidable abuelo. Toda una leyenda. Todo un mito. Cada tarde o noche, carretadas de aplausos y salida en hombros, como si fuera torero. Y de las matinés, ni hablamos. Baste recordar las caras de felicidad de los niños de aquel tiempo. Los padres, qué orgullosos por poder llevar a ver actuar a esa leyenda escénica. Y es que quizá no habría mucho pan por culpa de la guerra. Pero el circo era una especie de tregua entre bandos. Allí nadie se peleaba ni echaba balazos. Se sentaban muy juntos federales e insurgentes. Con esposa e hijos o con la novia del momento. Sí. Su abuelo había sido un gran artista. Ahora todos decían decían que él tenía ese talento. Que incluso su expresión era más refinada que la de la leyenda. Dos o tres años más y alcanzarás tu máxima capacidad interpretativa, le decían y él solo encogía los hombros.

A sus 30 años de edad prácticamente no había sido otra cosa en la vida que payaso. Sí, payaso y heredero de una tradición. Ni menos ni más. Nadie le preguntó nada. Y por qué se lo habrían de preguntar, si en su familia todos eran payasos. Es como cuando en la familia todos son dentistas o abogados. Incluso los hijos e hijas se casan con colegas del gremio.

El payaso de circo es muy distinto del payaso que actúa en teatros o shows privados. Porque el de circo anda todo el día caracterizado. Así que tiene que reír y hacer bromas todo el tiempo. Y caminar con la cadencia que da traer los zapatotes todo el tiempo. Al lugar que llega el circo la gente se acerca, quiere ver a los artistas, saludarlos, hacerse una foto con ellos. Adquirir una promoción para la función de la tarde o noche. Así que el payaso tiene que reír durante todo el día.

Él a veces tenía ganas de estar triste, pero no podía permitírselo, porque nunca había un momento. Tenía que reír. Saludar y hacer mímica. Luego vendrían las funciones, una o dos. Como era la estrella del circo, sus participaciones durante la función eran bastantes. Cuando acababan él quedaba tan cansado, que se iba directamente a dormir, sin cenar.

Quien se dio cuenta de su situación fue una chica trapecista. Ella se lo fue a contar al anfitrión y éste lo habló con todos los artistas en secreto. Y es que no hay peor cosa que le pueda pasar a un circo que un payaso se te enferme de tristeza. Lo platicaron entre todos y se pusieron de acuerdo para no dejarlo solo ni un momento. Así que se turnaron para hacerle compañía. Además, mientras estaban con él le comentaban anécdotas curiosas o algún chiste.

Pero nada parecía funcionar. Era evidente, cada vez más. El domador sabía que para el mal del payaso solo había una cura: que se tomara un descanso y se fuera lejos por un tiempo. A donde no tuviera que estar caracterizado, ni nadie supiera que era un payaso. No sería nada conveniente para todos los del circo, pero había que hacerlo o el payaso se podría morir. Así que habló con todos. Unos estuvieron de acuerdo, otros no, pero al final todos decidieron darle esa oportunidad.

Se lo dijeron al finalizar la segunda función de la noche del jueves: a partir de mañana ya no tendría que caracterizarse, podría andar de ropa común y tampoco actuaría durante un tiempo. ¿Pero por qué? Les preguntó. Queremos que tengas un descanso, nunca lo has tenido y te vendrá bien. Puedes ir a donde quieras, nosotros terminaremos la temporada. Claro que siempre puedes volver. Se despidieron. Las trapecistas lloraron, lo besaron y lo bendijeron. El payaso por fin podría dejar de ser payaso. Se sintió tan inquieto que esa noche no pudo dormir, a pesar del cansancio.

Lo primero que hizo el payaso en su primer día como persona común fue entrar al café que estaba a un costado de la plaza principal del pueblo. Pidió un expresso doble corto y un pan con mantequilla. Saludo a la mesera con un gesto de mímica, la mesera sonrió y él se apenó, pues recordó que no era payaso ese día. Sino… solo él. Compró el diario, un boleto de lotería y se sentó en una banca de la plaza. Dio lo que quedaba de su pan a las palomas. Se dio cuenta que en la bolsa de la camisa llevaba su pequeña armónica, quiso tocarla pero recordó que solo sabía piezas propias del circo y él no era más payaso. Al menos no hoy. Quiso hacer la plática con unos señores que perdían el tiempo parados en la pequeña fuente del parque, pero en cuanto estuvo frente a ellos, no tuvo palabras para abordarlos. Eso nunca le había pasado cuando estaba caracterizado como payaso. Qué distinto ahora.

Para las cuatro de la tarde la realidad es que ya estaba aburrido. Había caminado por todas las calles , probado las comidas de los negocios. Ya había entrado a la iglesia. Fue como a las seis que se le ocurrió la idea de volver al circo, pero como espectador. Nunca había acudido a una función así. No sabía lo que era pagar un boleto, sentarse y esperar la tercera llamada y aplaudir.

En la taquilla no lo reconocieron ni en el acceso. Estaba formado cuando vio que unos de los del staff, se subió a un banco alto y con megáfono en mano anunció que por causas de fuerza mayor esa noche no se presentaría el payaso… que a cambio el boleto que habían adquirido sería válido por dos funciones. La desilusión fue general. Algunos niños lloraron y no hubo forma de que sus padres pudieran quitarles la tristeza. Ni comprándoles un algodón de azúcar o un juguete. Había personas que se lamentaban por no haber acudido uno o dos días antes. Y es que había gente que iba desde lejos. Unos por ver sí era verdad que este payaso actuaba tan bien como su abuelo. ¿Y cuándo actuará de nuevo? Preguntó alguien. No sabemos eso, no podemos dar una fecha. Lo sentimos tanto como ustedes.

Ante tanto desánimo y tristeza, el payaso se sintió lo peor del mundo, el ser más vil y cruel del mundo. ¿Quién se creía él para provocar tanta tristeza? Caracterizado de payaso, provoca alegrías, pero así. Sin darse cuenta ya estaba llorando. No podía soportar ver todas esas caras llenas de tristeza.

De pronto echó a correr por la parte de atrás del circo. Entró a su habitación sin que nadie se diera cuenta. Tomó su vestuario, apresurado se lo fue poniendo. Buscó el maquillaje, fue poniendo sobre su cara la base, luego el blanco, el rojo difuminado y todo lo fijó con un poco de talco. Puso la nariz roja. Estaba nervioso, por primera vez en su vida, sentía ese nervio que sienten todos aquellos que se presentan ante un público. Se colocó la peluca y por último los zapatotes blanco con negro nuevos y que no había estrenado. Salió al encuentro del público. Sus compañeros del circo que intentaban consolar al público, lo miraron asombrados. Unos niños que lo vieron gritaron: ¡allí está! Entonces el payaso pidió prestado el megáfono y pidió disculpas al público por la demora. Hoy la función es aquí, al aire libre, si me permiten mis compañeros. La gente se sentó en el campo y los asistentes del circo, apresurados trajeron bocinas y micrófonos. El payaso entonces tomó su armónica y tocó con ella las piezas circenses que de niño aprendió y que lo habían acompañado durante toda su vida. Sentado allí, en el banco alto, miró los rostros de su público, en especial de los niños y niñas. Grabó sus sonrisas en su mente y juró por la memoria de su abuelo y su padre que nunca más abandonaría su profesión de payaso. Entendió que en este mundo así como hay médicos, bomberos o predicadores, también hay payasos que hacen feliz la vida de las personas y que si los payasos abandonan su labor, nadie podrá venir a hacerla.