Nuestra muerte

Aquí la muerte no llegó de pronto, así, como la neblina o el humo, o como una nube traída por el viento. No. Aquí la muerte ha estado desde siempre, como los cerros que se ven a lo lejos, como el pasto verde o el frío en las partes altas. Aquí la muerte no es tabú, causa de miedo, aquí la muerte es canción y verso, es fiesta y risa. La muerte está incrustada en la vida y al menos hasta hace un tiempo, no de un modo fatalista.

La muerte está en los dulces que comen los niños, en el papel picado; en el brasero que calienta el café, muy de mañana; en los rezos de las jovencitas y las ancianas. La muerte está en las fotografías de los ancestros, en sus cartas, en sus gustos. La muerte no era mala. No por lo menos hasta hace algún tiempo.

Qué le pasó a nuestra muerte, que no se parecía a ninguna otra. Porque nuestra muerte era alegre, como muchacha en edad de casamiento. Qué le pasó a nuestra muerte, piel de amaranto y sonrisa de dulce de güayaba. Nuestra muerte comía mole con pollo y arroz rojo cada dos de noviembre. Al acabar de comer se fumaba un cigarrito y se bebía un buen aguardiente.

Pero de un tiempo a acá, nuestra muerte ya no es la misma. Ahora llora y llora. Se la pasa llorando. Por dondequiera. Se va al occidente y llora, a Veracruz y llora, al norte y no encuentra consuelo. Nadie sabe cómo curarla, algunos dicen que no tiene remedio. Qué le pasó a nuestra muerte que ahora la tocamos y tiene las manos frías.

Quizá es verdad lo que nos tememos: se nos está “muriendo” nuestra muerte.

Canción cuarta

Canción cuarta

No sé si al día de hoy
somos más maduros
o más huraños
o más extraños.
No sé si  me dejaré
las canas o las teñiré
por causa de la vanidad
que en  tiempos pasados
criticaba en otros.
No sé si la política
tenga la respuesta
a los problemas de la
gente;
si hay hombres
bienintencionados
en el congreso
o simplemente
patiños decadentes.
No sé si la economía nos
importe a todos
aunque su riqueza
le pertenezca
a unos cuantos.
No me importa
saber la cifra exacta
de los que viven en paro.
Sólo sé que me gusta
decir chaparrón
en vez de lluvia.
Sólo sé que me gusta
mirar a través de la ventana,
de los cristales empañados
y hacerme la ilusión
de que una tarde
una buena tarde
te mire pasar.
Entonces saldré corriendo
y gritaré tu nombre
y todas las cosas
tomarán sentido,
recobrarán su color
como mi rostro
su sonrisa.
Reiré como el chico
al que hacía ilusión
que lo miraras
jugar futbol,
al que echabas porras
y mandabas besos
llevándote las manos
a los labios.
Entonces todo será
como en aquellos días
cuando la primavera
tenía tu nombre
y tú los girasoles
en tus cabellos
enredados y claros,
tu lunar en el pecho naciente
y el uniforme gris dignamente
portado.
Entonces todo será como
cuando juraste amarme siempre,
en aquel momento en que se es
joven y se desconoce
la magnitud del amor
y su malicia.
Juraste amarme siempre, cierto
pero no prometiste estar
conmigo.
Quizá sea verdad, y me amas
pero a una distancia tal,
que todo parece mentira.
Como esta noche en la que escribo
y los perros ladran
y los gatos andan en amoríos
y los pajaros tiritan de frío.
Todo es un sueño y un insomnio
a la vez,
todo, un laberinto.
Por lo pronto,
los obreros se alistan
para ir al trabajo,
el silbato de la vieja refinería
ya suena.
Yo no quiero dormir,
no tengo tabaco ni café,
tampoco quiero irme
a la cama y fingir.
Ya me cansé de fingir.
Te lo confieso a ti,
que aunque no estás
se que me escuchas.
De alguna manera te enteras
de todos mis secretos.
Eres un hada dulce y cruel
que me alimenta a cucharadas
de recuerdos.
Mientras amanece, afeitaré
mi barba, me lavaré la cara
y reconoceré mis arrugas en
el espejo.
Después saldré a por el diario,
la derecha toma el poder de nuevo.
No sé si importe o no,
sólo sé que no a muchos
de los que encuentro a mi paso
se los ve sonrientes.
Habrá ajustes,
claro que los habrá.
“Es por la recesión”.
Ojalá también
la melancolía
se fuera a bancarrota
para que el amor
la rescatara
y tu a mi de esta soledad.

Las ilusiones perdidas

Las Ilusiones Perdidas

Recuerda la banca solitaria,
el aula, el pizarrón,
los besos a escondidas,
las horas vespertinas,
el último grado, las promesas
de amor adolescente
perfumado
de tu fragancia.

Recuerda los juegos,
las porras,
el verano,
los helados,
el vals de fin de curso.

Recuerda mis alergias
y tu palidez.
Tus hermosas cartas,
mis incipientes versos.
Tu baile alegre,
mi pésimo inglés.

Recuerda lo delgadas
que eran tus manos,
lo frágil de mis recurrentes
tristezas.

Recuerda tu falda escolar,
mi irreverencia,
tú sonrisa que atraía
soles y estrellas,
mis ideologías
para tí tan extrañas
y para mí necesarias
como el aire.

Recuerda tus zapatos
de charol,
mi boina con estrella.
La promesa mutua que no pudo
cumplirse.
El último abrazo al concluir el vals,
tus ojos enrojecidos por la emoción
del momento.
El arreglo floral que llevabas
en las manos.
Mi mano en alto
despidiéndote,
despidiendo las ilusiones.

Recuerda la vida que se marchó
contigo,
que se anida en tú corazón,
en el regazo de los años.

Recuerda mi voz llamándote,
cortando el silencio absoluto
de la soledad.
Mi insomnio que acompaño
con sorbos de soledad y versos.
El arco iris que bordo con recuerdos
fugaces y urgentes.

Recuerda que tu eres la depositaria
de estas ilusiones perdidas.

Recuerdos

Recuerdos

Las tardes y los sueños
el mar y las sonrisas
adolescentes
los desamores
los besos robados
los abrazos fugaces
las promesas a los 13 años.

Todo cabe en la memoria
todo se resiste
todo es un campo sembrado
de años que no mueren,
fruto que no se ha desarraigado.
Recuerdos, les llaman.

Un tímido joven en bicicleta
da vuelta en una esquina y aguarda
no tiene prisa
espera
espera
¡espera!

La tarde se consume
no la paciencia

De pronto se escucha
el abrir de una puerta

Allí está
allí está
¡allí está!

Cabellos rubios
ojos cafes
piel blanca
sonrisa dibujada
con carmín.

Recuerdos, les llaman.

Entonces la eternidad es contenida
en fabulosos 20 segundos,
mismos en los que el joven
se quita la timidez y camina hacia ella,
le extiende la mano
le da un papel
la saluda.

El joven hace el camino de vuelta
ríe,
el aire acaricia su sonrisa.
Eso es la vida
20 segundos de felicidad
un momento.

Recuerdos, les llaman.

Pequeña Suite del lamento

Eliseo Alberto in memoriam

 

Será acaso porque hacen falta sueños

en el plano espiritual

que por eso es que mueren

los poetas.

Será que la muerte quiere que la enamoren

y por eso secuestra

a los escritores.

No sé. Yo no lo sé.

Yo solo digo que la vida

me la están jodiendo un poco.

 

Abrazo el libro en el que se relatan

las desventuras de Asdrúbal

y la tarde entonces me resulta menos

trágica.

Mis amigas son las páginas que casi todos olvidan.

Mis amantes, el silencio y los caracteres perfectamente

armonizados.

La luna es un caleidoscopio donde mis soledades

se purifican.

Y entonces todo va teniendo sentido.

Todo va tomando forma.

 

Quizá y no baste esta noche para apaciguar el vacío.

Así es la vida, nos hace la maldad y nos hace bailar

con su hermana fea, la muerte.

de Alejandro Arrieta Publicado en Poesía

Eliseo Alberto (hasta siempre, Lichi)

No habrá cosa que yo diga que pueda englobar todo aquello que es Eliseo Alberto. A un escritor tan grande no es fácil describirlo, ponerle un adjetivo; decir es esto o aquello. Quiso la vida y la política que fuera mexicano este cubano, chilango, como él mismo se definía. Duele su pérdida, duele porque era un amigo de tantas horas, de tantas lecturas, de tantos sueños, de tantas nostalgias. Duele ya no tener esa sabiduría andante, ese conocimiento de la vida y de las personas, ese cajón de sastre que era Lichi. Me atrevo a nombrarlo como sus más allegados lo nombraban porque así lo sentí yo. Para mi él era alguien muy cercano.

Eliseo Alberto no murió, se fue a descansar, a dormir, a seguir soñando pero sin los achaques que la vida se encargaba de ponerle. Yo me iré ahora mismo a leer acerca de Asdrubal y la mujer barbuda. Me enamoraré de nuevo de la trapecista.

Quizá mañana si me gana un poco la tristeza camine por el Parque de los Venados, y lo recuerde y llore un tanto a su salud. La colonia Del Valle no será la misma, ni esta ciudad que ha perdido a uno de sus mejores hijos adoptivos.

Hasta siempre Lichi.

Hay días y días

Días en los que solo esperas, no sabes qué. Solo esperas, impaciente, noctámbulo, discímbolo, sin preámbulo, desquiciado, atolondrado, apresurado, saturado, enajenado, apasionado.

hay días en los que miras a través de la ventana, y tienes ganas de mirar, de hallar algo, y no sabes qué. Yo observo, siempre observo. Miro rostros, asustados, felices, infelices, desvelados, desganados, sobajados, difamados, recién lavados, maquillados, contagiados. Rostros cantando. Yo miro a las chicas ajustarse la falda a la salida del metro. Retocarse el maquillaje, acomodarse la peineta.

Hay días y días

 

Días en los que solo quiero beber café acompañado de mi peña, mi ronda, mi familia. Hay días que solo quiero acariciar a mis mascotas, revisar mi Facebook y escuchar flamenco.

 

Hay días en los que añoro el mar. El mar es una estaca atravesada en mi corazón que se ha nacionalizado gitano. Y lloro por el mar, para el mar y desde el mar. Tan lejano el mar y yo tan cercano de mi nostalgia. Mar, compraré un lugar para ambos…

 

Hay días y días. Sí que los hay

¿Dónde está el mar?

¿Quién me puede decir, dónde queda?

lo busco en las calles de mi soledad

inmensa

en las habitaciones

de mi nostalgia

en el péndulo incandescente

de mis frustraciones.

¿Dónde está el mar?

todo el cabía en un cono de papel

en un vaso para zumo de naranja

pero se escurrió de mis manos.

De pronto la salinidad laceró la textura

de mis palmas.

No lo hallo en el café que bebo

ni en el diario que religiosamente compro

y leo todas las mañanas

mucho menos en la perspectiva de los cuadros

disparejos con los que adorno

las paredes de mis años.

 

¿Dónde está el mar?

 

Quizá debiera dormir un poco

uno nunca sabe

quizá y con algo de suerte

le halle enclavado en un sueño.

de Alejandro Arrieta Publicado en Poesía