Hablemos de un tal Rius

Influenciado por mi papá fue que leí a Rius, cuando tenía cosa de 13 años. Primero Los Súpermachos, que eran bastante divertidos. Después Los Agachados y los libros que hablaban sobre la revolución cubana o la rusa. Sus libros, que yo me resisto ahora a llamarlos así, eran un comic bastante ligero de entender. Primero alababa Rius a la revolución rusa y su sistema comunista de exportación, sus planes quinquenales, su igualdad, su inexistencia de variedad de partidos políticos. Luego ya no, luego todo eso ya no sirve. Rius daba “bandazos literarios e intelectuales”. Por eso dejé de leer cosas de Rius. El tiempo me dio la razón cuando muchos de los que el criticaba, políticos corruptos de toda la vida  y que todos conocemos, salen agarrados del brazo de Rius, ya sea pidiendo la devolución de los 43 de Ayotzinapa o defendiendo el supuesto triunfo electoral de AMLO.

Si Rius apoyó al polpulismo de AMLO, que es el Echeverrismo nuevo, luego entonces pasó de ser simpatizante de izquierda, a ser simpatizante del populsmo, que no conoce de ideologías, porque se mueve en todas, según le convenga.

Nadie puede negarle su calidad como caricaturista.

El payaso es como el torero

No ha hecho otra cosa en la vida que esto. O mejor, nada que haya valido valido la pena, porque como ser, sí fue muchas cosas, carterista, de esos que antaño llamaban “dos de bastos”. Despachador en una pulquería y palero en la estafa popular conocida como “la bolita”. Una vez se vistió de Sacerdote y  se fue a bendecir camiones en los paraderos que están afuera de las terminales del metro. Le duró poco el gusto. No faltó el pasajero que lo reconoció y le echó a la policía. Estuvo algunos meses en la cárcel, por esta razón. Allí aprendió algunos trucos de magia que un viejo mago le enseñó en los largos tiempo de ocio que se pueden tener en las prisiones. Mientras otros presos se dedicaban a extorsionar, a drogarse o a hacer ejercicio, él se ocupaba practicando los trucos. Pronto aprendió a desaparecer y aparecer monedas, a adivinar la carta elegida, a hacer “volar” una credencial a la vista de todos. Un día antes de que saliera libre dio una presentación ante sus compañeros presos. El viejo mago, que había sido su maestro, se sintió orgulloso de su alumno. Como  reconocimiento recibió del viejo mago una tarjeta de una agencia de espectáculos. Llama, ellos te darán trabajo. Le dijo el viejo.

II

Las oficinas de la agencia de espectáculos quedaban en el centro. Muy cerca de metro Allende. En sus paredes habían cuadros de payasos, magos, malabaristas, trapecistas. Todos sonrientes. Fue invitado a pasar. Le dijeron que esperara, que en un momento sería atendido. A su lado esperaban también dos muchachos que intentaban arreglar un muñeco de ventriloquía. Los teléfonos sonaban de forma insistente, las dos secretarias no se daban abasto en atender las llamadas.

De una oficina privada salió un hombre alto, cabello chino.

-Pase, le dijo éste hombre. ¿Qué experiencia tienes? le pregunto al incipiente mago.

-Pues he actuado solo una vez, en la cárcel. El hombre escuchó serio. ¿Solo haces magia? le preguntó.

-Sí. Respondió él. Solo magia y no tengo muchos trucos, ninguno grande. Si gusta, puedo hacer una demostración.

-No. No hace falta. Yo necesito payasos, magos tengo muchos.

-Necesito trabajar.

-Me imagino que sí, pero yo necesito payasos, si quieres vente de ayudante de uno y que te vaya enseñando.

-Se lo agradezco, pero es que no sé si yo sirva para payaso. Soy muy serio.

-Los buenos payasos lo son. Por eso se caracterizan. Dijo el hombre mientras con su mano señalaba el escritorio en el que habían muchas fotos de payasos.

-Si usted me da la oportunidad, puedo aprender. Gracias.

Así comenzó su carrera de más de 30 años como payaso.

III

Fue aplanando la base con la esponja, poco a poco, luego colocó el blanco en los labios y difuminó el rojo. Colocó talco para que el maquillaje se mantuviera firme. El calor de abril requiere una porción extra de talco. Se puso la peluca, se ajustó los zapatotes y por último coronó todo el atuendo con su nariz de látex. Repaso su rutina de manera mental, revisó uno a uno los trucos que esperaban en su maleta. Se encaminó a la dirección en la que daría su show.

Era un fraccionamiento de clase media de la zona conurbada de la ciudad. Casas prácticamente iguales. Ya estando a escasos metros de la fiesta, empezó a escuchar la música. Los niños que jugaban en el brincolín lo saludaron. “Ya llegó el payaso”. Dijeron unos y se metieron a la casa corrriendo. El payaso no tuvo que  preguntar por el cliente, un tipo de unos 30 años salió y se le quedó mirando. La forma despectiva en que lo vio, presagiaba algo malo.

-Buenas tardes. Dijo el payaso.

El hombre no respondió.

-Soy el payaso que cubrirá su evento. Dijo el payaso.

-Usted no va a trabajar en mi fiesta. Contestó secamente el hombre.

-¿Por qué?

-Porque es usted un viejo.

-Pero es que no me ha visto trabajar, si no le gusta mi show, no me paga. Pero déjeme trabajar, por favor.

-No, le pido que se retire.

-Sus niños se van a quedar sin ver el show.

-Le dije que se retire o llamo a la policía.

-Está bien. Dijo el payaso y tomó sus cosas.

Los niños miraron tristes al payaso. Unos le preguntaron por qué se iba. Él no supo qué responder. Mientras caminaba, pensó en todos esos rostros a los que había hecho reír a lo largo de estos años. ¿Cuántos en más de 30 años? Ahora era un “viejo”. Quizá eso era cierto. Él mismo ya se sentía cansado. Ya no tenía la misma agilidad ni reflejos. Ahora se tenía que valer de un micrófono y una bocina, porque su voz ya no tenía la potencia de antes. Su show era más de mago que de payaso porque la magia no le requería tanto esfuerzo físico. Él no tenía problema con ser un viejo. El problema es que cuando se es viejo se tiene que dejar de ser payaso, porque la gente solo quiere payasos jóvenes. Pero no es fácil dejar de ser aquello que se ha sido por más de 30 años. El payaso es como el torero. Pensó mientras guardaba su nariz, roja e impecable en la bolsita de terciopelo. Mientras se quitaba el maquillaje y el vestuario.

Dejar de ser payaso… para ser qué. Se preguntaba una y otra vez mientras miraba los trucos, los accesorios y los regalos que hoy no le fueron permitidos emplear. Qué más se puede ser a esta edad. Qué otra cosa después de haber sido la mejor de todas: payaso. Generador de sonrisas. Nada hay más democrático ni liberador que reír. Yo no quiero ser otra cosa más que esto. Yo soy payaso.

 

De un pequeño cajón tomó un rosario, lo acercó a su pecho y en voz baja comenzó a decir:
El payaso es como el torero, el payaso es como el torero, el payaso es como el torero…

 

 

Esta y otras historias más en:

https://www.novelistik.com/books/bitacora-alejandrina

Nuestra muerte

Aquí la muerte no llegó de pronto, así, como la neblina o el humo, o como una nube traída por el viento. No. Aquí la muerte ha estado desde siempre, como los cerros que se ven a lo lejos, como el pasto verde o el frío en las partes altas. Aquí la muerte no es tabú, causa de miedo, aquí la muerte es canción y verso, es fiesta y risa. La muerte está incrustada en la vida y al menos hasta hace un tiempo, no de un modo fatalista.

La muerte está en los dulces que comen los niños, en el papel picado; en el brasero que calienta el café, muy de mañana; en los rezos de las jovencitas y las ancianas. La muerte está en las fotografías de los ancestros, en sus cartas, en sus gustos. La muerte no era mala. No por lo menos hasta hace algún tiempo.

Qué le pasó a nuestra muerte, que no se parecía a ninguna otra. Porque nuestra muerte era alegre, como muchacha en edad de casamiento. Qué le pasó a nuestra muerte, piel de amaranto y sonrisa de dulce de güayaba. Nuestra muerte comía mole con pollo y arroz rojo cada dos de noviembre. Al acabar de comer se fumaba un cigarrito y se bebía un buen aguardiente.

Pero de un tiempo a acá, nuestra muerte ya no es la misma. Ahora llora y llora. Se la pasa llorando. Por dondequiera. Se va al occidente y llora, a Veracruz y llora, al norte y no encuentra consuelo. Nadie sabe cómo curarla, algunos dicen que no tiene remedio. Qué le pasó a nuestra muerte que ahora la tocamos y tiene las manos frías.

Quizá es verdad lo que nos tememos: se nos está “muriendo” nuestra muerte.

Las revistas necesarias

En otra publicación anterior me refería a las revistas científicas que se editan en México. Ahora hablaré un poco de la travesía que es encontrarlas. Es toda una odisea hacerlo. En teoría las venden en Sanborn’s, Librerías UNAM y en el Fondoe de Cultura Económica. Sólo en teoría, porque los empleados del “fondo” no tienen ni idea de “qué revistas hablo”. Los de la librería de la UNAM dicen que sí les llegan, pero que tardan. Humm. Salvo la ¿Cómo ves? que también edita la UNAM y esa sí está en puestos de periódico puntualmente, todas las otras padecen de graves problemas de distribución. Ya mandé un mensaje a los de Revista de la universidad. Ya respondieron, muy cordialmente y agradeciendo mi interés. Dicen que andan en eso, que esperan pronto mejorar la forma en que se distribuye su revista.

Es una lástima que si en México se editan revistas muy buenas sobre ciencia, arte y literatura por parte de las instituciones públicas, no se les de la difusión que se merecen. Digo, está muy bien que en CU “seguro la consiga”, pero vamos, no toda la Ciudad de México ni todo el país es CU. Qué más quisiéramos.

Penosamente el trabajo intelectual de las mejores mentes del país se ve acotado en el propósito de ser leído el trabajo preparado diligentemente por cuestiones burócratas.

II

En mi búsqueda afanosa de los nuevos números de las revistas, visité media docena de Sanbor’s. En uno de ellos, un joven dependiente me preguntó que para qué quería yo tantas revistas. Pensé en una respuesta jocosa, pero me contuve. ¿Para qué se pueden querer tantes revistas? Vayamos más allá: ¿Para qué tantos libros? Quizá este joven tenga razón. Para qué perder tanto tiempo en buscar revistas y libros en los que nos llevaremos aún más tiempo en leer. En el transporte, por ejemplo, si no dedicara ese trayecto a la lectura, bien podría ocuparme en dormir mientras llego a mi destino. Podría dormir tan profundamente hasta babear. Sin tantas revistas ni libros, podría hablar de las catásfrofes pamboleras de la selección nacional. Podría beber cerveza hasta tener una panza descomunal. Podría hacer múltiples grupos de amigos en WhattsApp y compartir videos de niños cayéndose y borrachos haciendo el ridículo. Sería divertido.

Pero no dije nada de eso al dependiente. Mejor le respondí con otra pregunta. Le dije que si había algo en la vida que le llamara la atención. Me respondió que los relojes. Bien, le dije, aquí ustedes venden una revista que se especializa en relojería, si él la leyera en cada número que sale publicada, con el tiempo tendría un conocimiento sólido sobre relojería, más allá de marcas y precios. Ya con más confianza me dijo que a el no e gustaba la sección que le habían asignado, que preferiría estar como vendedor -como no- en el departemento de relojería. Pues si estudias sobre la historia de la relojería quizá te puedan dar con el tiempo la oportunidad de estar allí, le dije. ¿Usted cree? me dijo. Claro, estoy seguro, cuando tengas los conocimientos seguro lo harán, porque los clientes siempre valoran a los vendedores conocedores de los productos que ellos buscan. Eso da confianza.

No hubo necesidad de explicarle más para qué sirven tantas revistas.

Las revistas de ciencia en México

Buscando información en la red y en libros para escribir algunos artículos sobre ciencia, específicamente de los temas de genética, eugenesia y bioética, di  con las revistas que publica la UNAM y la Academia Mexicana de Ciencias. Debo decir que me sorprendieron gratamente tanto la calidad de investigación y la forma en la que están redactadas: sin pastosidad, pero sin relejar el lenguaje técnico. Además de lo anterior, la calidad de impresión.  La revista Ciencias, que es editada por la Facultad de ciencias de la UNAM es graficamente excelente. Sus ilustraciones están ampliamente cuidadas y van acorde al tema del que se trata. La que edita la Academia Mexicana de Ciencias se llama -cómo no- Ciencia. Es más técnica que la de la UNAM pero la calidad gráfica es muy buena. En ambas los requisitos para la publicación de artículos son rigurosos. Los artículos a veces esperan hasta un año en ser publicados, pues un equipo de especialistas se encarga de corroborar la información. Si es necesario, se le hacen observaciones o sugerencias al escritor. Ambas revistas tienen un precio bastante módico: 40 pesos. Si tomamos en cuenta la calidad del producto tanto en contenido como en impresión. Por si fuera poco, sus contenidos están en línea disponibles para todo público de manera gratuita.

Revistas como Letras Libres, Nexos, Gatopardo Algarabía y otras, tienen un precio más elevado y la calidad de impresión no compite con estas de ciencia.

El único problema que veo en estas revistas y que al igual pasa con la Revista de la Universidad, es el problema con la distribución. Tardan mucho en ser surtidas en los lugares de venta, incluso en las librerías de la UNAM. Obsesivo como soy, busqué los nuevos números en tiendas Sanborn’s, Librería UNAM y en el Fondo de Cultura Económica. En todas tuve la misma respuesta: tardan en llegar.

Solo en Sanbor’s de eje Central, no el los azulejos, sino el que hace esquina en calle Tacuba, encontré la nueva Revista de la Universidad. Las de ciencia son más difíciles porque bien a bien no tienen una fecha de salida. Esto me devuelve a la realidad porque al final de cuentas la distribución corre a cargo de la burocracia, con todo lo que esto significa.

Pero de algo sí estoy seguro, cuando encuentro una, la compro y salgo contento y orgulloso pues sé que he hallado un tesoro.

Un escritor llamado Juan Rulfo

En lo personal considero que es positivo que a Juan Rulfo no le haya sucedido lo mismo que a Cervantes con el Quijote, que todo mundo lo cite -así sea con frases o refranes que no aparecen en las dos partes del Ingenioso Hidalgo- pero que pocos lo hayan leído. A Rulfo lo citan los que lo han léido -y mucho-, los demás no se meten con él, lo dejan tranquilo, cosa que por cierto, le agradaba bastante. Rulfo era un tipo solitario y melancólico, por eso me caé tan bien. Al igual que José Emilio Pacheco, no le gustaba ser de esos intelectuales pastozos, no andaba intentando apantallar a nadie. Escribió lo que quiso, cuando así lo deseó, cuando dejó de parecerle satisfactorio, lo dejó. Ojalá muchos de los “consagrados” hubieran seguido su ejemplo. Poco a veces es excelente, como en el caso de Rulfo o Borges, que no necesitaba 750 cuartillas para mostrarnos su grandeza literaria.

Rulfo es de los escritores mexicanos, el más entrañable para mí, después están el poeta Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Jaime Sabines, Jose Emilio Pacheco. El primer contacto con la obra -impresa- de Rulfo que tuve fue que yo recuerde cuando tenía unos trece años. Recuerdo que caminaba por los puestos de un tianguis al que iba todos los domigos a comprar discos de rock. En uno de esos puestos estaba allí, tirado el libro de Rulfo que presumía en el título sus dos majestuosas obras:

Pedro Páramo

El llano en llamas

 

Pregunté cuánto valía, ya no recuerdo cuánto, pero no fue mucho. Pagué y tomé el libro. Era una edición fea, de Editorial Planeta, que yo recuerde. Fea porque el formato del libro era un tanto anormal, es decir más ancha que alta, portada mal impresa y las letras estaban algo borrosas. Pero no importaba eso, yo me sentía contento porque por fin iba a poder leer la historia de Pedró Páramo que mi papá me había contado. No esperé a llegar a casa para leerlo, lo abrí y fui degustando cada palabra, cada línea mientras caminaba por el tianguis. ¿Cómo puede una persona escribir así?

Ya había leído yo algunas cosas de García Márquez por esos días. La mala hora, Los funerales de la mamá grande, La hojarasca. Pero esto era distinto, no había comparación. Nadie relata la soledad, la tristeza con tanta viveza, como Juan Rulfo. Rulfo tuvo el talento para darle vida a los muertos. Con los años descubriría yo la escritura del gran Reinaldo Arenas quien en su Celestino antes del alba me regocijó el corazón. Solo Reinaldo Arenas podría haberse “tuteado” literalmente hablando, con Rulfo.

La ventaja de Rulfo, como dije, es que no es tan citado, lo que ayuda a que no se distorsione su obra ni legado.

Mi año entre libros

Otros años o mejor dicho, todos los años anteriores a este 2016 no llevaba la cuenta de forma rigurosa de los libros que leía. Mi conteo era “al tanteo”, así que bien a bien no sabía cuántos había leído al final del año. Ahora lo quise hacer distinto, sobre todo para tener más precisión en los temas y títulos.

Así que este año use la app Goodreads y establecí mi desafío de lectura en 75 libos para este año. Debo decir que para el momento en que esribo estas líneas, solo me faltan dos libros para completar el número. Nada mal, lo digo sin falsa modestia, de esa que gustan de usar los que se la dan de humides por el mundo, pero si vieran pasarla por la calle ni la reconocerían.

En este año he leído desde sociología hasta teología, pasando por novelas, cuentos, economía política, marxismo, etc. He leído sentado, parado, apretujado en el metro, cómodamente sentado en un autobús y hasta caminando. He recorrido librerías muy bonitas, librerías evangélicas, católicas, judías; he corrido bajo la lluvia con una decena de libros recién adquiridos. Nada, que mi año con los libros, como siempre, ha sido increible.

Ahora me enfrento a un problema que tiene solución, pero la transición no está siendo fácil, por la costumbre. Me explico.

La compra de más libros se está volviendo una situación crítica, no por cuestión económica sino por cuestión de espacio. ¿Dónde meter más? ¿Qué hacer? -Lenin dixit-

Pues la solución es dejar de comprar libros físicos y valerse de la tecnología. Hacer uso de algo llamado Google Play Books y un tablet.

Pero esto pega justo en la cuestión sentimental: un libro impreso es más entrañable. Vas a la librería, lo buscas, lo compras, y si no lo encuentras, lo buscas hasta hallarlo. Te lo llevas y no se despega de tí en días. Cuando lo acabas de leer, le buscas el sitio de honor que se merece.

Es cierto, en el dispositivo puedes llevar miles de libros, pero hace falta algo. Quizá es olo cuestión de irse acostumbrando a lo inevitable.

Como sea un año se despide y otro le suple, así que hay que planear el desafío del año venidero. No serán 75 o 76 libros para el 2017. Serán de 45 a 50. La razón es que me quiero centrar a leer obras que he dejado en espera por su extensión -algunas rondan las 1500 páginas-. Además de que estaré muy enfocado a la teología. 2017 será un año muy intenso en mi formación teologal.

Pues eso.

El resplandor de Damasco

Pedro Miguel Lamet ha nombrado así su novela cuyo personaje estelar es Saulo de Tarso, que luego sería conocido como Pablo, la versión romana de Saulo. La novela histórica El Resplandor de Damasco es la visión de un jesuita sobre la vida, obra y ministerio del “apóstol a las naciones”. Una visión un tanto incrédula sobre la conversión del evangelizador más dinámico y cosmopolita del pentecostés en adelante. Es como si Pedro Miguel en su intención por contarnos una historia, se quisiera desprender de su haber teológico. No veo por qué. Es evidente que la gran mayoría de los que leemos esta novela lo hacemos a partir de creencias. Negar el suceso de la conversión de Saulo, es negar que Cristo se le apareció en el camino; que le dijo: me eres un vaso útil. Es nulificar la fe. Si todas las cosas para Dios son posibles a través de Su Espíritu Santo y con Cristo como emisario, ¿por qué pensar que Saulo por sí mismo sería capaz de llevar a cabo la magnífica obra evangelizadora que emprendería? Saulo era un hombre bastante ilustrado en la ley judía, pero precisamente este alto conocimiento de la ley era lo que lo hacía fracasar en su afan por agradar a Dios. Él mismo lo explica en la carta a los Gálatas.

Pero he de decir que no obstante esa ausencia de fe. La novela cumple el cometido de acercarnos a una de las más fascinantes vidas.

Cristo sabía que la obra de extender el evangelio al mundo no la podían cumplir Pedro o Juan, pilares de la congregación, así reconocidos por Pablo. Ni su propio medio hermano Santiago, porque no es sino hasta la muerte del maestro, que Santiago abraza la fe.

Pablo tenía el corazón ardiente que no tenían los 11 apóstoles que acompañaron a Cristo en su ministerio. Por eso es muy correcto que el autor reconozca a Pablo como El Resplandor de Damasco.