Nicaragua

Hubo un tiempo en que se decía que todos los negocios de Nicaragua eran del dictador Somoza. Tal cosa podía ser mentira y una exageración, pero no hubiera sido algo extraño, dado el poder absoluto del gorila centroamericano.

Nicaragua pertenece a esos tiempos en los que a Estados Unidos le dio por colonizar a latinoamerica de dos maneras: con plantaciones de la United Fruit y con férreos militares. Allí, en medio de esa pobreza y desigualdad, nació la utópica revolución sandinista.

No fue fácil echar a los gorilas de Nicaragua. Tuvieron que morir muchos civiles, muchos estudiantes, muchos maestros, muchos sacerdotes y monjas. Hasta que por fin Daniel Ortega y los sandinistas se alzaron con el triunfo.

Muchos años después, penosamente, Daniel Ortega se ha convertido en un mucho de lo que combatió.

Nunca, bajo ninguna circunstancia, las armas deben dirigirse hacia jóvenes que no hacen otra cosa que defender una opinión, por muy crítica que está pueda ser. Tal cosa es simplemente inaceptable en cualquier revolución. Es contra natura. Las revoluciones las hacen los jóvenes.

Pero hoy Nicaragua se ha manchado de sangre. Sangre inocente. De jóvenes que lo único que pedían eran mejores condiciones. Más justicia social. Precisamente lo que también pedían, hace décadas, los que hoy se han manchado las más con esta sangre joven.

Cuando se pierde el decoro, lo mejor, lo único que queda, es marcharse. Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidente, junto con todo el aparato que hoy gobierna deben irse.

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