Y todo por una buena intención

Todo comenzó con una buena intención: la de Dios por salvar el mundo. El hombre sufriendo por su cerrazón, día y noche, allí, procurándose la maldad; sumergiéndose en los engañosos y agridulces placeres.

El hombre pues, no tenía esperanza ni redención. Estaba condenado al fracaso, a la muerte.
Dios en su bondad envió a su hijo como sacrificio propiciatorio y como redentor. Yo soy el camino, la verdad y la vida, dijo el hijo de Dios. Unos pocos le creyeron, éstos fueron los que se encargaron de propagar la palabra de esperanza a todo el mundo.

Pero la historia -la vida misma- siempre tiene una cara b, como aquellos discos de vinil que generaban música a 33 1/3 revoluciones por minuto. La cara b en este caso fue la burocracia que contamina todo lo que el hombre lleva a cabo. El hijo de Dios no había hablado de instituciones, ni de edificaciones, todo lo contrario. Una de sus analogías, la de derribar el templo y reconstruirlo en tres días, fue mal entendida y la que lo condujo a la muerte. El llamado Mesías dijo bien claro que ÉL era el camino y que NADIE podía llegar al Padre si no lo hacía por MEDIO de él. A medida que la causa fue ganando adeptos, los fieles fueron sacando conclusiones de que había que organizarse para hacerlo de una mejor manera. Aquí es donde todo se echa a perder porque casi siempre que queremos organizar algo, lo dejamos más tirado que cuando lo encontramos.

Los primeros cristianos -así comenzaron a ser reconocidos – reconocieron en los apóstoles cierta jerarquía por el hecho de que ellos habían estado con el maestro durante su ministerio en la tierra. Así, éstos hombres, al parecer con Pedro a la cabeza, aconsejaban y resolvían dudas sobre temas como la circuncisión o la enseñanza. Pablo, que no pertenecía a éste grupo, los consultaba cuando era necesario… Y amonestaba,  porque seguían muy arraigados al judaísmo y eso bloqueaba el propósito libertario de la nueva fe. Hasta aquí todo marchaba más o menos bien.

Pero a la muerte de todos los apóstoles, las ambiciones y deseos de poder se hicieron presentes. Algunos se sintieron,  como en Rebelión en la Granja, “más iguales que otros” y exigieron para sí cargos y honores que ni el mismísimo hijo de Dios. Santo pontífice, príncipe de Dios en la tierra. Sucesor de san Pedro. Vicario de Cristo, et tal.

Y así se abrogaron al paso de los siglos, honra, poder y dinero, y todo, según ellos, en el nombre de Dios.

En nuestros días, ya no opera una sola congregación, ni iglesia. Hay cientos de miles y unas son tan grandes que hasta se definen como estados. Estas congregaciones se han abrigado el derecho y el deber de controlar la conciencia de sus miembros. Imponen legalismos cada vez más extenuantes. Entierran la libertad cristiana, el valor de la fe. Se acercan más al frío y rígido actuar de los fariseos.

El legalismo mata a la fe, porque hace pensar al creyente que cumpliendo con ésta es como obtendrá la justificación y no por la gracia de Dios.

Ni entran ni dejan entrar a los que sí lo desean, dijo Cristo.

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