La república del odio; la ignorancia de lo que es un Estado

En el Laberinto de la Soledad Octavio Paz define la esencia del mexicano: “desconfiado, hermético; un ser que no ha perdonado al que lo avasalló y por eso sigue odiando”. El premio Nobel advierte que no todos los mexicanos son así, “solo los de un núcleo específico”. Pues este núcleo explotó, se dispersó y contaminó a gran parte de los mexicanos. Ahora el odio es una constante en la vida de nuestra sociedad. Odia el obrero, el carpintero, el empleado de gobierno, el doctor. La tecnología, en particular la informática a través de las redes sociales nos ha convertido en opinadores. Todos comentamos la política, la economía, la salud. Y no está mal, por el contrario, eso muestra la libertad que como sociedad hemos alcanzado (muy a pesar de los que consideran que todo va mal). El problema es de forma. Los mexicanos nos exaltamos, gritamos y con este grito negamos la voz y las razones de los otros, imponemos o buscamos imponer. Si no lo conseguimos entonces mentamos la madre, ofendemos a la familia y usamos recursos homófobos o machistas. Para cualquier duda, baste que el lector visite la sección de opiniones del lector de cualquier diario en internet para que lo compruebe.

Ese odio en ocasiones se acompaña de ignorancia y conduce a decir las cosas más incongruentes y patéticas que uno pueda imaginarse. Ejemplo de ello lo tenemos en la consigna que los ciudadanos “conscientes” gritan a razón de la muerte de los estudiantes de la escuela Normal de Ayotzinapa: fue el Estado.

Según la teoría de estos activistas, el Estado los asesinó. El Estado está conformado por  la población, el gobierno en todos sus niveles, el territorio, así como de la soberanía. Mi pregunta para estos señores es la siguiente: ¿los niños que va al kinder desearon que murieran estos estudiantes radicalizados? Esos niños forman parte de la población y por ende, del Estado.

Pero como es más fácil y más heróico, al menos así parece, rasgarse las vestiduras y gritar: fue el Estado, que razonar y leer un poco. Pues eso es lo que hacemos.

Ahora somos una república del odio. Repartimos insultos a diestra y siniestra y difamamos. Porque así nos apetece. Porque nos sirve de desfogue de nuestras frustraciones. Como sentimos que nuestro jefe en el trabajo nos trata mal, pues le mentamos la madre al presidente y ya está. Cuando nos topemos al jefe lo saludaremos con la toda la hipocresía de la que somos capaces, porque ya arrojamos nuestra porción de odio.

Algunos lucen al mundo sus descubrimientos científicos, otros sus adelantos tecnológicos. Los mexicanos no (no todos, como dijo Octavio Paz), los mexicanos andamos por la vida con nuestros traumas, rencores y desperdigando odio.

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