De bares y mecenas

Hay una creencia un tanto hereje, pero creencia al fin, en la que se dice que todo escritor debe tener a una puta como su enamorada. La creencia va más allá y dice que además debe ser ella una suerte de mecenas para el escritor. Es decir que ella debe ofertar su cuerpo y así obtener dinero, mismo que dará al escritor para que él pueda dedicarse a las letras por completo y no hacerse de un laburo indigno de un artista. Bien sabido es que estos tiempos no son fáciles para los escritores y más cuando no se cuentan con padrinos e influencias para apostillar por una beca o estímulo gubernamental.

No sé que tanto tenga esto de verdad y cuánto de mito urbano, pero no dudo que alguno que otro si viva de una mujer de este “oficio”. Las putas suelen ser mujeres muy sensibles, que aman como ninguna cuando lo hacen.

Como a mi nunca me ha gustado vivir de las mujeres y tampoco fue mi sueño hacerlo de las letras, opté por dedicarme a lo que era mi segunda profesión: -era hasta ese momento, visto está que ahora es la primera- la actuación. Ahora sigo escribiendo, pero con menos cantidad.

No voy a negar que hubo un tiempo en el que frecuentaba ciertos bares y mientras bebía Havana 7 años charlaba con las chicas del salón. Fumábamos mucho -todavía se podía fumar en lugares públicos-, ellas me confiaban sus cosas y nos reíamos mucho. Algunas veces las invitaba a tomar un café. No todas aceptaban y yo lo entendía. No iban a socializar sino a trabajar.

Recuerdo que una vez quedé de verme con una en una cafetería por los rumbos de la Portales. Como en esos tiempos era asesor de cultura mi horario no era muy flexible. La cosa es que se me complicaron las cosas y no pude llegar. Ella no tenía móvil, no era tan común que la gente lo tuviera, no pude avisarle que no llegaría . No tenía cara para volver a invitarla así que no le llamé de nuevo.

Mi hermano fue con sus amigos tiempo después al bar donde ella trabajaba. Ella se acercó a él y le soltó: ¿Y el cabrón de tu hermano?

Con esa pregunta quedaba más que claro que aún seguía molesta por mi grosería de dejarla plantada. 

Después de unos meses andaba por República de Uruguay y se me ocurrió que quizá ya no estaría tan molesta, así que me dirigí hacia el bar. Pero ya no estaba. Había sido cerrado y comprado por el restaurante argentino de a lado.

Nunca más la volví a ver.

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